Una estela de sangre

 

A Su Majestad, Reina Isabel I:

 

Este XXVjth de junio del año mil quinientos sesenta y cinco de nuestra Cristiandad, hago envío del presente relato de mi más reciente empresa a la costa de Guinea y a los puertos de las Indias Occidentales a Su Majestad, Isabel I, Reina y Señora de Inglaterra.

Habiendo dado a fin a esta expedición, la cual he realizado no sin sufrir dificultades, después de varios meses de travesía en altamar y después de arduas complicaciones con los naturales y colonos de esas partes, se me ofrece la oportunidad de informar a Su Majestad lo de nuestra empresa que, afortunadamente, ha obtenido buena aceptación entre algunos señores; no obstante las leyes que restringen este tipo de comercio solamente a los encomendados, representantes del Imperio, como ellos mismos ya suelen llamarlo, no sin cierto tono de soberbia. Pues entre estos sarracenos parece ser costumbre el aprovecharse, por vías no oficiales, de cualquier chance que les prometa ganancias; incluso cuando ello los lleve al extremo del comercio ilícito. Prefieren, y no sin razón, teniendo en cuenta que en nuestro caso sólo se trata de un Tercio, tomar el riesgo de sufrir altas multas y hasta de perder sus posesiones, en cambio de embolsarse el Quinto, tributo a la Corona. En otras palabras, los españoles sí que cumplen con todos los atributos que prueban la ya sabida fama, de la que ellos mismos, a veces, hacen alarde con el decir “mandado de España, obedézcase pero no se cumpla”. Y yo que, aprovechándome de tal debilidad de carácter y convirtiéndola en virtud para mis pretensiones, he logrado establecer varios acuerdos verbales (ya que escritos no son más que un detrimento) con algunos cavalieros; cuestión de la cual haré más detallado relato a Su Majestad, en persona, cuando el tiempo y el lugar lo haga mejor posible.

Por ahora, gracias al Señor y a su Divina Providencia, me encuentro salvo y sano de toda peripecia. Aunque un mes hace no podía decir lo mismo, dado que a consecuencia de la cruenta incursión por el río Caces en las cercanías de la costa de Guinea —acompañado apenas por cien hombres, tres portugueses y cuatro naturales de esas tierras— recibí heridas múltiples e infecciones pestilentes, desagradables hasta a la misma vista; de las que apenas logré recuperarme sólo con la aplicación de raras hierbas aparecidas por los ya mencionados naturales que me acompañaban. No obstante lo ocurrido, como por leyes extrañas de la compensación, todo lo demás de nuestro propósito y precavido asunto se cumplió sin obstáculos insuperables.

Debo hacer mención a Su Majestad de que en estas tierras inhóspitas, más que en otras de este mundo, se presta todo tipo de hombres para las más viles campañas. Por aquí la avaricia y la lascivia hacen su gloria. La maldad se transpira a son de abundancia de sol y demás naturalezas adversas a nuestro temperamento. Razón por la cual muchos de los naturales se prestan a ayudarnos a la captura y transporte de sus semejantes.

A continuación, hago constar a Su Majestad de otros sucesos importantes en las costas del África.

En cuestión de horas, en Cabo Verde, logramos abatir un navío portugués con un cargamento de 200 africanos y otras mercancías (tuvimos que deshacernos del capitán y su tripulación en la ribera del río Mitombi cerca a Sierra Leone). Una vez en Mitombi y en sus inmediaciones pudimos también hacer captura de otras cuatro naves pequeñas con un total de 150 esclavos. Finalmente, en Sierra Leone, logramos vencer una gran nave de Contratación, la cual transportaba marfil, cera y cerca de 500 negros. Esta última la llevamos a las Indias Occidentales, ya que cuatro de nuestras naves (la quinta tuvo que regresar con granos y oro), aunque con muy poca tripulación, ya estaban sobrecargadas. Mucho después, al ser cuestionados por los españoles en cuanto a las circunstancias de la gran nave de Contratación, les participamos que la habíamos capturado porque ésta transportaba cargamento francés. Además de los salvajes de las naves portuguesas, capturamos, ya por medio de la espada o por otros dados medios, 50 negros más. En cuestión de semanas llenamos el Salomon y el Jonas. Semanas más tarde, y desvalidos de buenos vientos, habiendo apenas atravesado unas cuantas leguas lejos de Sierra Leone, el Lyon, que yo comandaba personalmente, y el Swallow, quedaron completamente repletos. Capturamos un total de 900 negros, la mayoría de los cuales consistía de machos de buena constitución; el resto, de hembras de aparente salud y fertilidad. Los transportamos a todos, también al resto de los cargamentos, a las Indias Occidentales.

Con el afán de complacer la curiosidad de Su Majestad por las cosas de estos mundos, hago mención de algunos pormenores en torno a nuestra mercancía, los cuales quizá sean de algún interés a Su observancia.

Dado el limitado tamaño de nuestras naves, que estaban todas sobrecargadas, y a la inquietud de los salvajes, tuvimos que amontonarlos donde hubiese lugar, en muchos casos, uno encima de otro; mas siempre maniatados, ya que sin las sogas, grillos y cadenas nos hubieran devorado sin pensarlo mucho, pues como me informaban los calafates —quienes tienen que tolerar la pestilencia y fetidez de sus evacuaciones— los negros son carnívoros hasta el extremo que, cuando alguien se acerca a darles un bocado de pan o un tazón de avena, hacen ademanes de fieras a punto de morder a muerte a quien se les acerque. Por eso los engrillamos. Permítame Su Majestad mi modesta relación para avisarle que, dado las medidas de seguridad y la larga travesía, muchas cabezas se perdieron; todos esto por el agravante de que sufrimos de escasez de agua fresca.

Con el pasar de los días en ultramar muchos negros perecieron por su propia culpa, pues algunos prefirieron morirse de hambre antes que obedecer; éstos eran los más bestiales y repugnantes, siempre rechazando la aproximación de un ser humano. Otros murieron porque, en la desesperación, sin poder moverse, se estrangulaban. Otros simplemente murieron de enfermedades febriles y raras. Lamentablemente, unos cuantos fueron azotados a muerte para dar ejemplo a los demás insubordinados. Pudimos deshacernos de muchos cuerpos arrojándolos al mar, pero muchos simplemente quedaron enredados y atrapados; lo que hizo imposible que los despojáramos. La pérdida total fue de 247, la mayoría machos, separados ¡válgame Dios! de las hembras; porque si no se hubiera dispuesto así, la mortandad habría sido mayor. Le aseguro a Su Majestad que en la próxima expedición no capturaré heridos y calcularé las pérdidas de antemano.

Después de malos vientos y la larga travesía, al fin bajamos velas en Isabella, el primer puerto de desembarco en Hispaniola. Luego nos dirigimos, con sigilo, hacia Puerto Plata y después a Puerto Christi. En todos estos puertos encontramos voluntariosos compradores de esclavos; el negocio siendo mediado por un tal Licenciado Lorenzo Bernáldez y dirigido por un mercader llamado Cristóbal de Santiesteban.

Nuestra mercancía fue recibida de buena manera, con la buena fortuna de nuestra parte, los negros que perecieron no eran de la mejor talla; y los portugueses me advirtieron (teniéndose por ser los expertos en la materia), que los que sobreviven la travesía son siempre los más productivos. La naturaleza, entonces, estaba de nuestra parte, pues los que llegaron a tierra firme parecían de muy buena constitución.

Y permita, Su Majestad, a este humilde servidor opinar más sobre este asunto. Pues se me ocurre que la travesía por el mar océano es en sí no sólo una prueba de fortaleza y resistencia, sino también un método preciso de selección. Nuestros compradores, sin embargo —y vale mencionarlo— no optan por nuestra mercancía por su calidad, sino porque les ofrecemos precios reducidos: los esclavos de los portugueses son de 25 a 30 ducados por cabeza. A esto debo también agregar que nosotros los servidores de Su Majestad, a diferencia de los españoles y los portugueses, gozamos de superior conocimiento de las exigencias del comercio; pues desde la captura, el transporte, la travesía, hasta la destinación, mantenemos los ojos abiertos para que los salvajes no se hagan daño, alimentándolos suficientemente durante el cruce y, cuando es posible, curándoles las heridas recibidas en la captura o a bordo; las hembras, incluso reciben trato diferente, teniendo en cuenta su endeble naturaleza …[detalles omitidos].

Si Su Majestad lo permite, le informo que a las hembras les dimos cuidado especial. Los tripulantes, siguiendo mis órdenes, sugirieron a los compradores que era buena idea marcar a los esclavos con fierro ardiente, para evitar litigios entre amos. Pero, no había pasado mucho tiempo, cuando tuve que intervenir yo personalmente para que no marcaran las hembras, pobres criaturas, en el pecho, como lo hicieron algunos; pues el cuero más débil de la hembra no resiste el fierro ardiente como el fibroso pecho del macho. De ahora en adelante, estoy seguro que van a seguir mi observación y les marcarán en el muslo derecho, abajo de la cadera. Esta recomendación la hice después de haber visto como a una hembrita le desgarraron los senos en dos intentos por marcarla. ¡Gracia que nos costó pérdidas! pues el marrano avaro no quiso pagarla, diciendo que no servía para nada, e incluso trató de disuadir a otros compradores, diciéndoles que nuestros esclavos eran debiluchos del mismo tipo. Después de ese incidente no tuvimos otra contrariedad. Vendimos toda la mercancía, incluso el marfil y los granos, de cuales hago, y envío, el estado de cuentas en otro documento adjunto a la presente.

Aboné [flete] (y otras cuentas) y me aseguré del reconocimiento de los “oficiales”, los cuales no estaban del todo contentos al darse cuenta de que yo era un viable candidato a servir al rey de España en las Indias. La causa de esta irracional desconfianza (como yo lo veo) ha de ser la fresca y reciente recordación de los grandes agravios que han recibido de otros privateers.

Nuestra estadía en las costas de Hispaniola fue breve. La cautela fue necesaria. Una vez nuestro negocio dado por terminado, y después de abastecernos de todo lo que necesitábamos, inmediatamente, alzamos vela mar adentro. Aseguro a Su Majestad que nuestro trato con los españoles no habrá de causar mayor agravante que el que ya existe entre los dos Reinos. Por otro lado, los portugueses no presentan amenaza inmediata, pues desenvainan a los españoles tanto como nosotros negamos sus dominios. A estas alturas los españoles están más preocupados por Drake y los corsarios franceses que por nosotros mercaderes. Yo, con gran humildad y con lealtad de sobra, le aseguro a Su Majestad que el nombre de Inglaterra jamás habrá de ser tiznado a consecuencia de mi descuidada servidumbre.

 

Si Su Majestad lo permite, y si goza del ocio necesario, no dudo en contentar Su inteligencia con el relato de un pequeño incidente que ilustrará un curioso acontecer.

Una vez que alzamos vela en las costas de las Indias, nuestras mentes ocupadas con cosas más inmediatas, con la constante preocupación de ser descubiertos por lo de la nave de Contratación, después de unos días en mares españoles, nos vimos de repente inmersos en algo que fue más desagradable que trágico.

Al salir de los mares españoles notamos que al Lyon lo perseguían tiburones, bufeos y gaviotas. Los animales, guiados por el olfato, probablemente creían que lo que cruzaba el mar océano no era un navío, sino una ballena herida. Pues con razón, el Lyon, que se encontraba en muy mal estado, iba dejando una estela de sangre ocre roja en un mar que era demasiado calmo. Como yo no sufro de supersticiones, ni de augurios, como mi tripulación, inmediatamente di la orden de que lavaran la sentina y todo lugar bajo cubierta donde venían los esclavos. En cambio, casi todos los demás, especialmente los cuatro negros de Benín, que aún nos acompañaban, y luego mi tripulación, por su parte pensaban que el navío estaba maldito: ideas contagiosas de los negros. Los portugueses —de quienes después me deshice (por razones de traición) y para asegurarme de que nuestra expedición quedara en silencio— se reían en furtiva complicidad, y de la manera en que siempre se burlan de toda calamidad. Sucedió que, al llegar a Hispaniola, y por la presura de sacarlos antes de que amaneciera, los calafates olvidaron (o prefirieron olvidar) los cuerpos de los que habían perecido y quedado atrapados bajo cubierta. Con la hediondez de las heces fecales y de la animalidad de los negros en sí, la fetidez de la descomposición se hizo, quizá, indistinguible o tolerable y no llamó la atención. Algunos esclavos con heridas supurantes por todas partes de sus cuerpos sangraron las costillas de la embarcación, hasta que la sangre, poco a poco, se fue filtrando por las tablas que se hacían falta de la estopa y la brea. Al alejarnos de la costa, apenas a un disparo de mosquete de tierra, el navío, en verdad, ya hedía a animal muerto. La hediondez persistió aún después de varias lavadas y cepilladas con vinagre, sal y cal. Los tiburones nos sorprendieron mucho pues persistían (al contrario de las gaviotas que habían desistido) en seguir la estela de sangre, que, sin poderlo creer, todavía en alta mar seguía manchando las aguas. Obviamente había sido un gran descuido del maestre, quien, quizá en complicidad con los portugueses, hacía muchos días ya que mostraba rasgos de insubordinación dizque por la podredumbre de la carne, el pescado y la mazamorra que comían; cuestión a la cual yo nunca hice caso. Entonces, y ante las circunstancias, les prometí que si seguían conmigo se les iba a dar buena recompensa. Todo por evitar un desafío en mares enemigos.

Cuando llegamos a las costas de Benín la fetidez de la nave era de tan mal intensidad, y el ambiente abordo tan inseguro (la tripulación enferma y dispersa, y los naturales al borde de la locura) que tuvimos que darlo todo por perdido. No pudimos salvar al Lyon, pues el hacerlo me parecía muy arriesgado. Fue entonces que decidí abandonarlo (con todo y una barca con botellería atada a la popa), cosa que me causó mucha consternación, pues era un navío veloz y agresivo. Como las demás naves estaban con poca tripulación, el Salomon nos recibió a todos a bordo. Luego di órdenes de que quemaran el Lyon, para que no quedara tan contundente prueba de nuestras incursiones.

La imagen de la nave en llamas se quedó en mi memoria un tanto más que la imperante presencia de los muertos. El Lyon había sido parte importante de mis días en la mar. Confieso que no pude contener mis lágrimas al verla esfumarse bajo aquel odioso sol, el cual no mostraba señas de que otra cosa más estuviera sucediendo en el mundo, sino aquella imagen descompuesta ante mi mirada. La mandé quemar para salvar la expedición. Si otras hubieran sido las circunstancias, habría mandado a toda la tripulación al mismo fondo amargo donde van a dar los desalmados esqueletos de los negros africanos.

Una vez consumida la nave por las llamas, dije a todos en voz alta: “ya ven que el fuego puede hasta con la sangre”; a lo que muchos cobardes reaccionaron con súplicas y más súplicas al infinito y demasiado calmo cielo.

Debo, si Dios lo permite, pronto hacer acto de presencia ante a Su Majestad para informarle sustancialmente, y con prestancia, sobre lo que se debe hacer con respecto a la deuda de esta nave y otros pormenores que preferiblemente no he de hacer por escrito.

Desde Plymouth, con todo el respeto y con la más humilde lealtad, ofrece sus servicios a Su Majestad,

 

John Hawkins

 

Posdata

Con respecto al servicio que presto a la Corte de España, no dudo por nada en la sabiduría de Su Majestad en tanto Su Majestad sepa discernir y juzgar de mi lealtad, de la cual Lorship Burghley y Su Majestad por mucho tiempo han puesto en prueba; por lo tanto, ruego humildemente que Su Majestad haga conocimiento de que mi precavido y laborioso servicio a Nuestra Reina y Señora no habrá de encontrar rival en los enemigos de nuestro Dios y nuestro reino.

También ruego a Su Majestad recibir con buen juicio mi modesto tributo, el cual envío presentemente. También ruégole mi tan esperada recompensa de portar Armas, teniendo en cuenta la confianza a la que estoy obligado a cumplir en el exterior es demasiada. Le he pedido al Lord William Cecil que me otorgue el privilegio de un Escudo de Armas si es posible que porte: en Sable, en la punta del escudo, ondeada, un león pasante; o en el Jefe tres bezantes oro; de Cresta, un moro salvaje con cuerda atado y cautivo.

Habiendo de esta manera avisado a Su Majestad del estado de este asunto, ruego a Su Majestad señalar su complacencia con [detalles omitidos]… toda mi habilidad y mi vida están a la disposición para prestar servicio a lo que mande nuestro Reino y lo que mande Nuestra Reina y Señora.

 

 

Este cuento fue publicado originalmente en El pordiosero y el dios (MediaIsla, 2017).