Pobres niños que fuimos

 

A Clara volví a verla años después de nuestro último encuentro en la pieza que yo solía llamar mi departamento, una casa ubicada en el Barrio San Antonio que mi tío Efraím me había confiado poco después de que a mi prima la encontraran colgada de una de las vigas de la sala. La vivienda no era gran cosa, pero tenía dos cuartos y quedaba cerca del viejo centro amurallado por edificios en ruinas, cuando aún no estudiaba cine y me ganaba la vida haciendo traducciones o dando clases de inglés en algún colegio de segunda.

Esa tarde nos encontramos en el parque Luis Alfonso Velásquez y recuerdo que no dejé de preguntarle qué había sido de su vida después de aquellos años, después de aquellos días, pero ella, en lugar de responder, me preguntó si mis padres seguían juntos. Le confirmé que mis padres seguían viviendo en la misma casa, y para mí aquello era algo sin importancia: mamá seguía cuidando al hombre que la había abandonado a inicio de los noventa. Papá, según me había dicho ella, no sólo regresó con ciudadanía gringa, sino con una enfermedad en el hígado que ella se dedicó a cuidar hasta el último día en Miami.

¿Te acordás cuando subíamos a los edificios viejos?, preguntó ella de pronto, pasándose la mano por la frente bañada de sudor y secándose con la manga de la blusa negra.

Sí, lo recuerdo muy bien, respondí, y me acordé de cuando subíamos a los edificios de la antigua Avenida Roosevelt, ahora Avenida Sandino.

A Clara, sin embargo, le fue difícil reconocer el sitio. Le recordé cuando nos sentábamos a esperar las primeras manifestaciones del sol: desde la azotea de algún edificio observábamos la ciudad y la enorme silueta de Sandino erguida en la Loma de Tiscapa. ¿Sabés quién jodido hizo eso?, preguntó una vez Pablo señalando la silueta negra, mientras daba tragos a su cerveza. Ernesto Cardenal, le dije, ¿quién más? ¿Y será que la hizo con sus propias manos? Eso sí no lo sé, repliqué: a lo mejor él la diseñó y le pagó a alguien para que la construyera. Para entonces no se había instalado el árbol metálico amarillo a la par de la silueta y esa tarde Pablo contó un par de cosas sobre su padre: que en los ochenta había sido un contrarrevolucionario y que le parecía curioso que su viejo se hubiera enamorado de una mujer militante sandinista; que hacía mucho no tenía noticias de él, pues desde que se había marchado a Los Ángeles, el fantasma de su padre rondaba la casa como un alma en pena pidiendo perdón.

A mí me daba lo mismo. No me interesaba la vida de los padres de mis amigos. Y como escuchaba y respondía sin poner atención, le comenté a Pablo que era una historia curiosa, que era más o menos igual a las historias que ya había escuchado antes: hombres y mujeres que se casaron durante o después de terminada la guerra de los ochenta. Eso abunda, agregué, y me quedé contemplando la silueta de Sandino.

Pero ahora, mientras paseábamos por el viejo centro que alguna vez fue la guarida de mendigos y prostitutas, Clara se detuvo y me dijo que hacía mucho que no regresaba al país. Me extrañó que me lo dijera, pero luego me acordé de que la había visto por última vez en 2006, poco antes de las elecciones presidenciales, cuando Pablo y ella buscaban la manera de huir de sus padres, y la casa del tío Efraím terminó convirtiéndose en el refugio de los hermanos Reyes.

¿Y dónde estabas?, pregunté.

En México: me dieron una beca para estudiar una maestría. No sé qué voy a hacer después, me falta un año para terminar: no quiero volver, quiero irme a Alemania a estudiar un doctorado. Lo que más miedo me da es volver.

Eso nos pasa a todos, comenté, no sólo a vos.

Sí, supongo, balbuceó, sacando un cigarro de la cajetilla —lo tuvo un rato entre sus dedos, luego dirigió la vista hacia el mensaje que informaba que estaba prohibido fumar; lo guardó y seguimos caminando—.

Esta vez la descubrí más guapa. Me di cuenta cuando nos sentamos en una banca a observar a un grupo de niños que jugaban béisbol en un campo pequeño de grama artificial. Seguí preguntándole qué había sido de ella después de aquellos años, después de aquellos días en la casa de mi tío, pero su respuesta fue una clara evasión apoyada de silencio. Me respondió hasta que me levanté de la banca para sacudirme la pereza. Encendió el cigarro, me preguntó por el tío Efraím, yo le respondí que estaba muerto, que llevaba dos años muerto.

Pobre señor, dijo, con un tono falso de lástima y dando una calada al cigarro.

Sí, dije, pobre mi tío: no pudo superar la muerte de su hija. Nadie lo quería. Pobre, porque…

Ni vos lo querías, se adelantó a decir, alargando la siguiente calada, sin importarle que estuviéramos en «zona libre de humo».

Luego dijo lo siento, pero en un tono seco, entrecerrando los ojos. Subió las piernas a la banca. Hacía un día caliente, un día sofocante, dijo ella: esto es el infierno, el infierno tropical. Apagó el cigarro a la mitad cuando descubrimos la sombra de un policía asomarse. Lo tiró al piso disimuladamente, y después clavó la cabeza entre sus rodillas, y en ese momento volví a preguntarle por su hermano.

No sé nada, respondió ella levantando la cabeza, cubriéndose del sol con la palma de su mano levantada a la altura de su frente.

¿Y tu mamá?, pregunté.

En la casa, de hecho, te manda saludos. Dice que tiene mucho de no saber de vos.

Me imagino, desde la vez que llegamos a sacar tus cosas no volví a verla. ¿Se acuerda de mí?, pregunté.

Sí, se acuerda, claro que sí.

¿Y tu papá?

Ése sí no se acuerda, sobre todo porque está muerto, y además que nunca lo conociste y si no lo conociste y si está muerto, es muy difícil que se acuerde de vos o que te envíe saludos.

Dije lo siento y ella respondió no hay problema.

Y ¿cuándo murió?, pregunté recobrando mi falsa sorpresa, pues se me figuraba como alguien lejano. Tampoco me pareció que ella estuviera conmovida por la muerte de su viejo.

Hoy es su velatorio, será en la funeraria Reñazco.

¡A la puta!, exclamé, ¿tan rápido?

Así es, todo tan exprés. Así es la muerte, no hay de qué asustarse.

Repetí lo siento; y ella, en lugar de agradecer, sonrió y comentó que no pasaba nada —ahora toca enterrarlo y seguir como si nada, explicó: mi mamá no irá al entierro, pues sería fatal que fuera: ella aún no supera lo ocurrido en la familia.

Me quedé pensando en Pablo, me pregunté si él sabía que su padre estaba muerto. Pablo, ah, el muchacho que no dejaba de hablar de su padre, el muchacho que siempre estaba interpretando el papel de su viejo deportado, me dije. Luego reparé en su acento; sonaba diferente, una mezcla divertida de mexicano y nicaragüense. Conseguía soltar frases nicaragüenses, pero con el cantadito norteño. Me quise burlar, pero ella sospechó mi intención y en lugar de reírme en su cara, me quedé pensando en su historia. ¿Quién era Clara antes de ser Clara? ¿Quién era Pablo antes de que fuera mi compañero de casa? No sabría decirlo, hasta ese día yo no recordaba a Pablo, alguien a quien yo había considerado un hermano y a quien había dado posada después de que se marchara de su casa.

¿Y de qué murió tu viejo?

Es una larga historia, respondió, y si te la cuento ahorita no voy a terminar: puedo decirte que el cadáver llegó ayer, y que me enteré de su muerte hace un par de días, por eso regresé. De hecho, ¿podés acompañarme al velatorio?

Su pregunta me dejó por primera vez desconcertado. No sabía si responderle al instante. Me di cuenta de que estaba urgida de mi respuesta. Y como me ganó la curiosidad, le respondí que podía acompañarla, no tengo nada que hacer, añadí luego, un poco resignado: ojalá pueda ver a Pablo.

Se quedó callada. Luego se levantó y mientras buscábamos la salida del parque, me contó que no conocía a nadie de la familia de su padre, y que por ello me había llamado. De modo que todo iba sucediendo de una manera inusitada, por lo que hice un resumen mental: Clara no vivía en Managua, sino en México. Estudiaba una maestría; y Pablo, su hermano, era hasta entonces un viejo conocido de quien se sabía muy poco. Sólo me quedaba reconstruir el relato a partir de los retazos que ella fuera soltando a través de la conversación.

 

En el interior de la sala descubrimos a un grupo de gente que ni Clara ni yo conocíamos. Éramos dos parientes lejanos del muerto, no sabíamos ni siquiera a quién darle el pésame. Clara era una acompañante más, una hija que iba al funeral de su padre, pero nadie de su otra familia sabía que ella era la hija del hombre a quien velaban. Nos sentamos en una esquina, un mesero nos ofreció café, yo tomé una taza para dársela a ella, pero la rechazó levantando una mano en señal de no.

Me da asco, dijo luego, y se encogió de hombros y se cruzó de brazos, en la misma posición que se había puesto en el parque Luis Alfonso Velásquez.

Pasamos un buen rato en silencio y de repente, como si nos acabáramos de descubrir huérfanos, me dijo que me contaría la otra historia de su padre. Antes de que comenzara a dar cuenta de su relato, busqué la forma de abrazarla, ella accedió, se recostó sobre mi hombro. Los rostros de la gente, igual que el de Clara, cobraban una tristeza palpable. La abracé más fuerte. Luego me volvió a decir gracias, ¿por qué?, pregunté. Por haber venido, dijo. No pasa nada, dije. Luego sonreí y le comenté que también me daba gusto verla. Ella también sonrió y me dijo sos el diablo, sos el mero diablo.

Volví a sonreír, y un rato más tarde nos salimos a la terraza.

Afuera, la noche: la ciudad envuelta en su caos. Otro mesero vino hacia nosotros, nos ofreció café, pero esta vez no me lo dijo a mí, sino al mesero: me da asco. El mesero, un tanto ofendido, dio media vuelta y siguió ofreciendo café a los demás.

Es que no sé cómo la gente puede tomar café o comer con un muerto enfrente.

Pues sí, dije, acabando la segunda taza de café.

Nos sentamos en las gradas de la entrada de la funeraria, y soltó un par de palabras.

Sabés qué es lo más difícil.

¿Qué?, dije.

Que yo le creí todo a mi padre.

Miramos el cielo. Nuestra vista se perdió en el brillo que desprendían los arbolatas que custodiaban la ciudad. En un momento pensé que éramos dos desconocidos que se miraban por primera vez, o dos enfermos tratando de curarse de un dolor ajeno. En cualquiera de los dos casos me pareció una escena absurda. Pensé que tanto Clara como yo deseábamos largarnos de aquella sala funeraria atestada de lamentos de los cuales no éramos partícipes.

Un vigilante enfundado con uniforme gris se acercó a nosotros. Nos dijo que no podíamos sentarnos en las gradas. Clara ni se inmutó. Yo le dije que estábamos velando a un tío, que el hombre que estaba dentro del ataúd había sido como nuestro padre. Clara seguía perdida, con la mirada concentrada en un terreno baldío ocupado como parqueo. El vigilante nos exhortó a movernos de lugar, y en cuanto se dio la vuelta, y se metió en la caseta, la volví a abrazar.

Más tarde nos levantamos a caminar por los alrededores de la funeraria. Eran quizá las ocho de la noche. Entramos a un bar, pedimos un par de cervezas y conversamos sobre cualquier cosa. Me confesó que estaba a punto de casarse, que tenía un novio en México y otro en Nicaragua. ¿Cómo es posible eso?, le pregunté un tanto irónico. Pues como vos hacías cuando yo llegaba a tu casa, repuso ella, y de inmediato, contesté que de eso hacía tiempo, me hice el desentendido y le propuse pedir más cervezas.

Pasada la medianoche pedimos la cuenta y regresamos a la funeraria. Nos sentamos a un par de metros del ataúd. Había menos gente, quizá diez, o siete personas. Clara me preguntó si alguna vez me había enseñado una foto de su padre. Le respondí que no, que nada más sabía lo que ella y Pablo me habían contado de él. ¿Y qué es lo que sabés de mi padre?, preguntó. Muy poco, dije. En realidad no sé nada. No sé cómo murió tu padre, ni sé por qué lo están velando hasta ahora. El cuento es largo, pero aquí te va, dijo finalmente. Pensé que sacaría alguna fotografía o que me pediría que me acercara al ataúd. Por suerte sólo balbuceó las primeras palabras, mi padre, dijo, con hastío… Mi padre regresó dos veces…

 

Cuando los conocí vivían en el residencial Paradiso, ubicado detrás del aeropuerto Augusto C. Sandino. Para entonces —como hemos dicho— el padre de Pablo era tan sólo un retrato casi borrado por el tiempo que colgaba de una pared. Y con el salario de su madre, quien trabajaba en una fábrica de zapatos en Tipitapa, era imposible hacer frente a los gastos domésticos.

Pablo tuvo que asumir el papel de jefe de la casa. Se vio obligado a trabajar en una ferretería y luego en una agencia aduanera. Sin embargo, nunca dejó de estudiar filología ni teatro. Con lo que ganaba pagaba la renta de la casa y la universidad de su hermana.

Pero una noche de 2006 recibieron una llamada. Era el padre, contando al otro lado del teléfono que estaba de regreso; seis años después de vivir en Estados Unidos. Dijo que había estado en Los Ángeles. Pablo tomó la noticia con desgano, ya que era lo que menos esperaba. Cuando me lo contó, me dijo que se iría de casa, pues no podía soportar que su madre perdonara al hombre que los había abandonado sin dejar siquiera una nota.

Recuerdo que estábamos bebiendo en el Aka-bar, situado a pocas cuadras de la Universidad Nacional. Esa noche me dispuse a escuchar. Un rato más tarde, con el alcohol corriendo en sus venas, se levantó y dijo que a su padre lo habían deportado, y alzando la voz, dio lugar a la interpretación del papel de su viejo al teléfono hablando con su madre. Vimos la actuación y después hubo un silencio incómodo, seguido de una cascada de aplausos, como si se hubiera tratado de una función real.

El caso es que, tras el regreso de su padre, Pablo no tuvo más opciones que aceptar las peticiones de su hermana y su madre. Le habían dicho que debían hospedarlo; que al fin de cuentas era su padre, ¿por qué no hacerlo, Pablo? Y si regresó es porque está arrepentido. El relato no le fue convincente, pero aceptó que su madre decidiera sobre el asunto, y fue así que semanas después el padre estaba instalado en el cuarto del hijo.

Pasaron los días, las semanas y los meses hasta que una mañana, según me contó Clara esa noche en la funeraria, Pablo se encontró con su padre. Hasta entonces evitaba coincidir con él. A veces llegaba pasada la medianoche o salía muy temprano de casa para no toparse con el viejo.

Era una mañana. Clara estaba alistándose para irse a la universidad cuando de pronto escuchó las voces en la planta de abajo; se escondió bajo las escaleras y escuchó con atención el diálogo entre padre e hijo. Era la primera vez que se hablaban, la primera vez en mucho tiempo que se dirigían la palabra. La forma, naturalmente, no fue la esperada por Clara. Ella deseaba que los dos se reconciliaran, y de pronto, lo que parecía una conversación tranquila terminó en una discusión que fue subiendo de tono. Pablo atravesó la sala y, antes de que saliera a la calle, papá se apresuró a tomarlo por los hombros, dijo Clara, con su voz cansada, y recostada sobre la pared. Se escucharon frases como «nunca fuiste un padre», o «si de verdad querés ayudar, podés irte».

Clara se acercó disimuladamente a la puerta de la calle, afinó el oído para escuchar qué le respondería el viejo.

A ver hijueputa, ¿creés que yo fui a jugar?, exclamó agarrando a su hijo del cuello.

¿Y a qué fuiste?

A trabajar, a eso fui, a trabajar; y si no les escribí fue porque ni siquiera tenía qué comer.

Eso debiste pensarlo antes, le respondió Pablo. No es culpa mía que hayás regresado como un desgraciado.

Varios días después ocurrió otro incidente. Fue durante la cena, dijo Clara. Pablo le preguntó a su padre qué se sentía regresar, sobre todo al lugar que abandonaste, papá. El viejo respondió que era difícil, que después de todo se sentía muy mal con la familia y que por ello pedía perdón —perdón por el abandono, perdón por dejarlos solos, perdón por nunca escribirles, perdón por regresar a casa con las manos vacías—.

¿Y te cuesta conseguir trabajo, papá?, preguntó Pablo después de escuchar con desgano la sarta de perdones.

El padre entrecerró los ojos. La madre trató de apaciguar la situación, pero la conversación fue poniéndose cada vez más violenta, al punto que varios vecinos salieron de sus casas para descubrir de dónde venían los gritos.

La madre hizo todo lo posible por calmar al hijo, y cuando por fin lo logró, Pablo repitió, ahora un poco tranquilo, la pregunta, a lo que su padre respondió que le era difícil encontrar trabajo, que nadie iba a contratarlo, pues ya estaba viejo y cansado.

No estás tan viejo, sentenció Pablo, más sereno.

Esa noche acordaron que el padre se pondría a buscar empleo. Y fue así que varias semanas después, lo llamaron de una empresa de seguridad; no ganaría mucho, pero al menos alcanzaría para pagar los servicios básicos: agua, luz, y un poco de dinero para que Clara se comprara algún libro de la universidad.

Todo marchaba en calma, según Clara, pero los aportes no fueron bien recibidos por Pablo: ahora se sentía desplazado. El padre comenzó a exigir un mejor trato. También limitó a Clara de sus salidas nocturnas con sus amigos. Él también tenía derecho a exigir. Eso les dijo a todos una vez mientras cenaban, y fue así que una mañana encontré a Pablo en la puerta de mi casa. Traía consigo una mochila. Lo invité a pasar. Caminamos del porche a la sala en silencio; colocó la mochila en la mesa de la cocina, y salimos a tomar unas cervezas al Aka. Creo que era sábado. Fue hasta que regresamos al departamento que me contó todo lo que había ocurrido. Me preguntó si podía quedarse en mi casa. Le dije que sí, que podía hacerlo sin problemas. Pusimos un colchón inflable en la sala y mientras limpiábamos la pieza, habló del negocio. Yo lo había olvidado. Me senté a escucharlo, porque no sabía qué otra cosa hacer en aquella situación. En nuestras conversaciones anteriores habíamos hablado de abrir un bar. Habíamos pensado en la ubicación; incluso, una vez hicimos una lista de posibles nombres y caracterización del local. Para mí la idea del bar era asunto olvidado. La locura consistía en abrir un bar en una terraza de los edificios abandonados en la antigua Avenida Roosevelt. Debíamos arrojarnos con todo. Yo seguí escuchando. Ahora venían nombres, nombres interesantes para un bar: ¿Qué te parece Gatopardo? ¿Barcino? ¿Trágame tierra? ¿Doble AA: Alcohólicos Aferrados? ¿El Establo?

No suenan mal, pero no creo que llamen la atención.

¿O Pobres Niños que Fuimos?, preguntó con los codos apoyados en el colchón.

¡Como la película!, exclamé.

Sí, sí, de hecho puede ser un buen nombre, estoy seguro.

Pablo se refería a una película de David Hobsbawm, un director inglés que nos gustaba mucho. Recordé la historia, y me pareció más triste que antes. Se trata de una historia cuyos protagonistas son un padre y un hijo locos. Los dos están internados en el mismo psiquiátrico, y durante todo el filme se cuenta cómo padre e hijo se relacionan dentro del mismo centro.

Me parece bien, dije, al fin de cuentas no suena mal. Vamos a ver qué pasa.

Pactamos que cuando estuviese mejor cocinado se lo comentaríamos a Clara, porque ella, desde luego, debía ser la administradora. Lo vi entrecerrar los ojos, intentó mantenerlos abiertos, pero finalmente se convenció de que el cansancio había ganado terreno.

Cuando haya dinero, lo montamos, murmuré, con la mano derecha en el interruptor de la luz.

Él volteó, asintió (creo que dijo algo) y agregó luego: Yo sé, loco, yo sé…

A la mañana siguiente le propuse que tomara por asalto el cuarto libre. Yo no pagaba renta, y con lo que ganaba me ajustaba para pagar los gastos básicos. Digamos que no tenía necesidad de cobrarle, así que ese día procedimos a limpiar y a instalar sus pocas pertenencias en el cuarto desocupado. En la noche nos pusimos a fumar, tomar cervezas y a hablar del negocio. Creo que fuimos al Aka, ya no recuerdo bien. Pero esa fue la rutina de los siguientes días. A veces íbamos a las terrazas de los viejos edificios. A veces también quedábamos con amigos en mi casa, y fumábamos y tomábamos hasta altas horas de la noche cuando los vecinos nos tocaban a la puerta para decirnos que nos calláramos, que si no llamarían a la policía.

A diferencia de Pablo y Clara, mis padres estaban bien. Vivían juntos y reconozco que nunca me faltó nada. Yo vivía lejos de mis viejos por el simple capricho de vivir solo y por eso sentí que al ayudar a Pablo estaba ayudando a un hermano.

Pero uno de esos días, después de regresar del colegio donde trabajaba como profesor de inglés, encontré a Clara sentada en el sofá. Me sorprendió encontrarla allí. Le pregunté por Pablo. Ella respondió que no estaba, que había salido. ¿Tenés idea de dónde está?, pregunté. Me aclaró que estaba en casa de su novia, que ahí pasaría la noche.

¿Lo estás esperando?

Respondió que no sacudiendo la cabeza; me aclaró que estaba por otra cosa.

¿Me puedo quedar a dormir aquí?

Sí, claro, podés quedarte, dije. Te recomiendo hablar con tu hermano, te puede dar espacio en su cuarto.

Hubo problemas en mi casa; ya hablé con Pablo.

Ajá, dije, en tono de sorpresa. No hay problema; ustedes son bienvenidos.

Como estaba cansado, cerré la puerta de la habitación y me metí en la cama. A la mañana siguiente, tras levantarme, la encontré sentada en el mismo sillón. Me preguntó si podía quedarse por un tiempo, mientras se arreglaban las cosas en su casa. Le dije que podía hacerlo, y esa mañana la acompañé a su casa.

Mientras metía las dos maletas en el carro, su madre salió al porche y la tomó del brazo. Le preguntó ¿estás segura de que querés hacer esto? Clara respondió sacudiendo la cabeza. No se volvieron a decir nada. Ni siquiera se abrazaron. Su madre se quedó en la puerta, viendo cómo el carro se enfilaba a salir por la siguiente calle en busca del portón del fraccionamiento.

En la carretera, con mis manos al volante, me pregunté si de verdad estaba seguro de que Clara viviera conmigo. El asunto, me dije, va más allá de una ruptura familiar. No le pregunté qué había ocurrido realmente. La breve conversación con su madre me dejó más dudas que respuestas, sin embargo decidí hospedarla.

Esa tarde arreglamos la casa, colocamos sus cosas en el cuarto de su hermano. A los días apareció Pablo, me ofreció disculpas y me dijo que ayudaría con los gastos de la casa. Le aclaré que no hacía falta, que su hermana podía quedarse el tiempo que fuera necesario. Esa noche nos pusimos a tomar los tres y creo que hablamos del bar, y de los edificios abandonados.

Cabe decir que esos días fueron memorables. Todo marchaba bien hasta que una mañana de domingo se apareció mamá. Llevaba un buen rato golpeando el portón. Salí en calzoncillos y cuando vi su silueta desde la ventana, me regresé al cuarto; me cambié y salí a abrirle.

Pensé que eran los testigos de Jehová, bromeé.

No dijo nada. Entró y se sentó en el sofá, pues al final, me dije, ya estaba acostumbrada a mis bromas religiosas. Ella recién se había cambiado de religión y todos en la familia le hacían burlas por semejante conversión, pues tanto ella como mis tías se habían criado en una familia católica.

Recorrió con la mirada el departamento. Se levantó y caminó por toda la sala, inspeccionó pared por pared: los baños, la sala, el jardín y la cocina. Se detuvo a revisar las bolsas negras de basura repletas de botellas de cervezas.

¿Quién más vive aquí?, preguntó.

Una amiga, respondí.

Clara seguía dormida, se despertó cuando mamá estaba lavando los platos y al verla, mamá la escrutó con la mirada y segundos más tarde le preguntó si podía entrar a la habitación.

Clara dijo que sí, y acto seguido mamá entró al cuarto. Salió y se sentó en el sofá, y empezó a hablarme del tío Efraím. Clara se metió al baño; se alistó y después pasó a despedirse de nosotros porque iba a la calle, pues debía firmar los documentos de una beca.

Tengo que decirte algo importante, afirmó mamá, cuando nos quedamos solos en la sala.

Ajá, dije: ¿Qué es? ¿Me tengo que ir de la casa?

Algo parecido, pero eso lo vas a decidir vos; en realidad vine porque tu tío Efraím está muy enfermo y tu papá también, debemos llevar a tu padre a Miami y no hay nadie que cuide a tu tío, así que vendrá a vivir con vos. También vendrá tu tía; pero ella sólo pasará unos cuantos días, no puede vivir aquí: ella no supera lo de tu prima.

Me encogí de hombros. No tenía opciones, así que esa tarde nos pusimos a limpiar el cuarto. Sacamos las cosas de Clara a la sala y, después de limpiar y arreglar, mamá se marchó. Regresó un par de horas más tarde con el tío Efraím.

Recuerdo que traía un ojo vendado y la pierna derecha amputada. En cuanto me vio manifestó su satisfacción, exhibiéndome su diente de oro, y preguntándome si me encontraba bien. Le respondí muy bien, y lo tomé de los brazos para acompañarlo a su cuarto y acomodarlo en la cama. Mamá se marchó luego. En la casa quedamos el tío Efraím y yo, en silencio, como dos extraños buscando compañía en un asilo de ancianos.

Ese día Clara regresó entrada la noche y no tuve palabras para decirle que debía marcharse, que no era culpa mía. Me dijo que no era necesario que le explicara, que comprendía muy bien la situación. Metió sus cosas en las maletas y esa noche durmió en el colchón inflable.

A la mañana siguiente, cuando me desperté, vi que las maletas ya no estaban. En aquella pieza solitaria nos quedamos mi tío y yo. Me levantaba temprano, me iba a dar clases y paseaba por los edificios; dejaba que me agarrara la noche. Cuando eran las once regresaba a casa, pues era el momento en que mi tío Efraím ya estaba dormido.

Varios días después hice lo mismo que Pablo y Clara habían hecho. Empaqué mis cosas y me fui a rentar un departamento lejos del Barrio San Antonio. Quise contarle a Pablo mi decisión, lo llamé varias veces pero nunca contestó; tampoco Clara respondió mis llamadas. Pasó el tiempo y no volví a saber de ellos sino hasta el día en que me encontré con Clara en el parque Luis Alfonso Velásquez.

 

Estaba amaneciendo y ella seguía hablando. Tenía el rostro cansado y parpadeaba como quien lo hace a través del agua de la ducha. Pero no era el agua cayendo sobre ella sino la pesadez del sueño, el cansancio. Yo traté de recordar toda la historia. La había contado en tercera persona, pero al fin de cuentas era también su propia historia. Anunciaron que el féretro sería trasladado a una iglesia católica, la misma que su madre solía visitar.

Se dirigió hacia el féretro. Volteó hacia mí y clavó sus ojos en el cristal destapado donde se podía ver el rostro de su padre. Salimos a la terraza: el sol despuntaba al otro lado de la ciudad. Me acerqué a ella, intenté abrazarla, pero esta vez se escurrió. Se quedó en silencio, con los ojos clavados en el horizonte. Volví a ofrecerle disculpas por haberla dejado ir así. Me respondió que no me preocupara, que comprendía muy bien lo ocurrido.

Retomó el relato, y fue hasta entonces que me enteré de cómo había muerto su padre. Me contó que él nunca estuvo en Estados Unidos.

¿Cómo así? Esa sí no me la sabía, le dije.

Ni yo me la sabía, respondió, sucede que él nunca estuvo en Los Ángeles. En realidad, la primera vez que se fue tenía todas las intenciones de llegar a territorio gringo, pero lo retuvieron en Guatemala y no quiso volver a Nicaragua.

Por lo que ella me contó, su padre se había fabricado la historia de que lo habían deportado de Estados Unidos. Pero en realidad vino a Managua porque venía huyendo de la muerte. Durante el tiempo que pasó en Ciudad de Guatemala se involucró sentimentalmente con la hermana de un sicario de una empresa delictiva cuyo nombre parecía una broma de alguna deidad mal intencionada: «Doble AA: Asesinos Anónimos».

Su padre trabajaba como guardia de seguridad, y por vergüenza o miedo, vaya uno a saber, nunca llamó a su familia para comunicarle que ahora vivía en Guatemala, y no en Los Ángeles como algunos tíos de Clara afirmaban.

Después de que se marcharan de la casa del tío Efraím, los hermanos Reyes se fueron a rentar un departamento en Bolonia. A Clara le dieron una beca para estudiar una maestría en Ciencias Políticas. Su madre no volvió a saber nada de ninguno de sus hijos, hasta que Clara pasó por la casa para despedirse, días antes de volar a México.

En cuanto a su padre, éste regresó a Guatemala. Hasta entonces nadie en la familia sabía que el viejo no había estado nunca en Los Ángeles. Cuando dejó el hogar por segunda vez, pensaron que había intentado cruzar de nuevo la frontera. Pero no. Su padre regresó a Guatemala porque su amante le había prometido que el peligro era un asunto del pasado, y tuvo la mala suerte de encontrarse con la muerte.

De Pablo se dice que se gana la vida dando clases de teatro en una comunidad de San José de Bocay, en el norte de Nicaragua. Pero nadie ha podido confirmarlo, nadie tiene certeza de su paradero. De vez en cuando madre e hija se preguntan cómo fue que ocurrió todo, ¿cómo fue que nos dejamos engañar por mi padre? Mi padre volvió dos veces, repitió Clara esa madrugada en la funeraria: la primera huyendo de la muerte y la segunda, en un ataúd.

 

Eran las nueve de la mañana, la gente empezaba a salir. Hubo un grupo que coordinó el traslado del ataúd a la iglesia. Clara y yo nos fuimos directamente al cementerio. Esperamos a que llegara el cortejo fúnebre, y cuando hubo llegado hasta el lugar donde su padre sería enterrado, nos detuvimos a observar el ambiente a menos de diez metros. Vimos que una mujer ofreció una oración, y varios niños lloraban alrededor del ataúd. Vi a Clara, no lloraba; no dejaba de morderse los labios y negar con la cabeza. Vimos penetrar el ataúd en la tierra, y en ese momento, se volteó hacia mí y me preguntó si la invitaba a una cerveza.

Moví la cabeza en señal afirmativa, sonriendo, de manera obediente. Nos dirigimos en busca de la salida del cementerio, y varias horas más tarde, repararía en el comienzo de esta historia, cuando estábamos en la sala y de repente me preguntó si podíamos ver la película.

¿Qué película?, dije.

La que le gustaba mucho a Pablo.

Ah, sí, confirmé, arrastrando la lengua y escupiendo las palabras a causa del alcohol. Se llama Pobres niños que fuimos, añadí.

Fui a buscar la computadora, apagué las luces, y mientras el resplandor de la pantalla nos iluminaba, ella siguió hablando, como una voz emergiendo del fondo de la noche.

Y vos, le pregunté, ¿lo perdonaste?

En lugar de responderme pasó una de sus manos por mi cabeza para después abrazarme. En ese momento decidí callarme, no volver a hablar de Pablo ni de su madre. Tampoco de su padre. Finalmente la película comenzó a proyectarse: en medio de la oscuridad aparecieron los créditos, ahora en letras grandes Pobres niños que fuimos, y allí estaba la primera escena: un niño que entre la multitud busca con desesperación a sus padres.