Alumbrando a Gabriel

 

Yolanda puso a colar café en la greca. Se lo tomaría puya con un toquecito de azúcar negra, como todas las mañanas. No sabe desde cuándo desayuna eso y sólo eso. Quizás desde antes de nacer. En el Barrio no hay demasiadas opciones para el desayuno. Los obreros de la construcción (su abuelo, su hermano, sus primos) acostumbran a romper el ayuno de la noche con comidas pesadas- media libra de pan con jamón, huevo y mortadella, café, o el arroz con habichuelas y carne desde que clarea el sol. Las jornadas son pesadas y sin pausas fijas para comer. Pero ella y las de su estirpe comen ligero en las mañanas. No hay tiempo para mucho más. Hay que cuidar de los críos, que llegan temprano a la vida. A ella le llegó el primer hijo a los quince, la primera hija, piensa. Le llegó temprano y con viudez. Al padre de su hija se lo mataron en el barrio, a dos calles de la puerta donde vivía ella con su madre, también madre adolescente. Así aprendió y lo aprendió temprano, que los hombres siempre se van, que no tienen pausas fijas para la ternura ni para el alimento. Que hay algo que los habita que la dejan a una siempre con hambre y que es mejor acostumbrarse a lo poco y hacer planes para completar con lo que venga y como sea, porque aspirar a que te completen las hambres desde afuera siempre termina siendo mal negocio.

La cosa es que a veces la estrategia se complica y el negocio sale malo como quiera. Por eso pone a colar el café temprano y arma en su cabeza cómo llega a la clínica. Ya llamó para avisar que hoy no va al trabajo. Tuvo suerte esta mañana, porque sin saberlo su madre se hizo cómplice de la jugada que iba a acometer, se ofreció ella sola a llevarle a la nena al Head Start del final de la Del conde, donde por fin le cogieron a la nena. Ella puede tomarse el sorbito de café puya tranquila y esperar a que llegue Lourdes y la lleva a la clínica. Es la única de sus amigas con carro, una carcachita del 72, pero que aún corre, aunque el salitre le ha carcomido la pintura y el brillo de la carrocería. El Barrio queda en esa loma cercana al mar por donde siempre sopla salitre. Es en la honodada, cuando se baja la loma hacia el Residencial, donde a veces se empoza el calor y las aguas de la laguna. Allá van sus tíos, su hermano, sus primos a rescatar terrenos con los escombros que recogen de las construcciones donde los emplean. Tiran bloques rotos, cemento, piedra, arena mojada, tierra socavada en las zanjas por donde desvían el agua del terreno que le van robando al mangle, a las lagunas. Antes eran pescadores, pero el progreso les fue dotando de otras habilidades además de la de mirar el agua y adivinarle los tremores para entonces lanzar la nasa y atrapar a algún pez. Comida del día. Ese arte fue quedando atrás. Se impuso el otro, el de robarle tierra al agua para poder afirmar los pasos, levantar techos y paredes y tener cobijo para poder criar las bocas que nacían, una detrás de otra y que no dejaban que una saliera del mangle, tierra movediza.

El padre de la nena, ese muchachito de ojos nerviosos y sonrisa brillante también fue hijo de pescadores, pero no quiso emplearse en levantar techos. La verdad es que el trabajo es matador. Además, no le dio tiempo.  Antes de aprender bien a hacer la faena, lo llamó la oportunidad de hacer dinero fácil tirando material en el Barrio. Vio la oportunidad. ¿Fue aquello una oportunidad? A Yolanda no le dio tiempo ni de hacerse la pregunta. Antes de encontrar el momento de pensar su situación, se halló con barriga y con un marido muerto a dos calles de su casa. ¿Aquel muchacho con quien tuvo relaciones a lo sumo 4 veces, con quien se aplacó esa hambre con la que nació y que no podía subsistir de café puya nada más, contaba como marido? ¿Ella, de quince años, embarazada y sin haberse preguntado siquiera si aquel muchacho lo que le ofrecía era amor, contaba con saber qué era un marido? Entonces, solo supo a ciencia cierta una cosa: que aquello no le volvía a pasar. Ni se iba a dejar preñar de nuevo, ni se iba a dar la oportunidad de ver de nuevo que le mataban a un hombre, que se lo quitaban de entre las manos. Jamás iba a contar de nuevo con que las manos de un hombre estarían allí para sostenerla a ella ni a los frutos de su cuerpo compartido. Ella era joven pero no era tan pendeja.

Y ahora se veía en situación parecida de nuevo. Lo único que ésta mostraba un giro sorpresivo. Yolanda no sabía a ciencia cierta de quién era este muchachito. Se lo había prometido- “nunca con uno solo por mucho tiempo. Los hombres siempre se van”. Hasta ahí había cumplido su palabra por 4 años, pero una crece y las cosas se complican. El hambre se complica y ella no contaba con este revés de la suerte. No lo vio venir. Se había cuidado. Salió con uno y con otro, hasta que conoció a éste, que era constante, pero que sabía pasajero. Se dio permiso para ser hembra de nuevo- de café puya nada más no vive una mujer y ella era mujer completa, con hija y vuidez y viviendo con su madre, pero trabajando duro para traer el pan a la casa. A veces los días en el supermercado se hacían interminables. Las filas de gente comprando comida, llenando los carritos, gente con dinero o gente que no trabajaba, que vivía del gobierno y que le daban los cupones para alimentos del Departamento de la Familia llenaba sus carritos de compra y ella teniendo que hacer matemáticas para llegar con la compra, para ella, para la nena, para su mamá. Pero Yolanda ya había decidido que trabajaría, que dependería lo menos posible del gobierno, de un hombre, de quien fuera. Una vuidez fue suficiente para aprender la lección. Ella la aprendió temprano. No la cogen dos veces. Además, el trabajo pesado la distraía de la visión de aquella muerta destiempo, de un cuerpo lozano y tiroteado, virtiendo sangre en el fango por todos los orificios. Las tierras recobradas al mangle siempre están sedientas. Buscan como locas dónde abrevar. Buscan como ella.

Siempre tienen sed. Hambre.

Yolanda se distrae soplando el café, que está caliente. Espera por Lourdes. Ella la va a llevar a la Clínica. La espera y luego la lleva a casa. Eso le explicó la enfermera cuando ella llamó. “Tienes que venir con alguien. A veces, el procedimiento causa mareos”.

Nunca había estado tan cerca de sacarse una barriga. Con la nena ni lo intentó. La muerte del donante la distrajo. La verdad, plantearse otra muerte en aquel entonces hubiera sido demasiado.

Se tomó el primer buche de la taza humeante de café. Estaba rico. La caricia de aquel calor oscuro bajándole por la garganta le supo a gloria.

Pero, ¿y si esta barriga es la oportunidad de parirse el hombre que ella siempre ha soñado, el que no la abandonará porque no puede, porque ella misma, sola, se lo ha parido, carne de su carne y de su historia, el hombre que no es hijo de ningún hombre porque los implicados se cancelan?  Es decir, que si ella no está segura de quién perpetró, aunque saben que fueron sólo dos los que penetraron- el novio y el vecino de enfrente- pues ninguno fue. Sólo ella.

Lo del vecino fue puro deporte. Las noches se estaban haciendo largas en el Barrio. Yolanda esperaba al novio que tan pronto se supo elegido, empezó a darse puesto y a darle largas al asunto. ¿Es que así es el juego? ¿Es que, cuando saben que te tienen, de repente los hombres comienzan a huir? Los hombres siempre se van, ella lo sabe. ¿De exactamente de qué es de lo que escapan, de los hijos, de las responsabilidades, del susto de la manutención y las recriminaciones contra esa maldita hambre que una no sabe no de dónde viene? La otra vez no le dio tiempo a averiguarlo.

El hambre que Yolanda creyó que le apaciguaría el novio, se le multiplicó por dentro. Le dio con tomarse otro café por las tardes, cuando salía del trabajo, mientras cogía fresco y esperaba en el patiecito de enfrente de la casa.  Así fue como notó al vecino, mirándola de noche desde el balcón de al frente. Los balcones en el Barrio quedan cerca. La esposa del vecino trabajaba de enfermera, y le tocaban turnos largos en el hospital de área. Así empezó todo. ¿Todo? Aquello no duró ni tres semanas. Y ahora ella se encontraba en esta disyuntiva.

Lourdes llegó. Yolanda terminó de tomarse su café. Bajó las escaleras del departamento (4D- O1) y caminó hasta el estacionamiento. El carrito de la Lourdes la hizo sonreír.  Abrió la puerta del pasajero.

-Mija, aquí. ¿Estamos a tiempo?

– La cita es por orden de llegada.

– ¿A quién le pediste los chavos?

-A ninguno.

-¿No les dijiste?

Yolanda se le quedó mirando a Lourdes por respuesta.

-Pues mija, tú sabrás. – le tocó la mano y le sonrió a su amiga. Fue un toque leve, como al vuelo. Casi una caricia de consuelo, casi; de las que no se estilan mucho en el Barrio.

-Miré bien y la Rexach no está ataponada. Salimos al puente, a ver si la Roosevelt tampoco. ¿Dónde es que queda la clínica?

-En Carolina. Por la Montserrate.

-¿No encontraste una más cerca?

-Yo te ayudo con la gasolina.

-Ave María, Yolanda, no es por eso. Tú sabes que yo…

-Yo sé, Lourdes. Si alguien sabe de esto eres tú.

Ahora la volvió a mirar con dulzura. Lourdes le sostuvo la mirada. Por esas miradas de minutos sostenidas sin tener que decirse nada es que son amigas. A veces las palabras son tan difíciles de encontrar.

-¿Pongo la radio?

-Ay sí, musiquita. Pero no lo pongas muy alto. Parece que me va a dar dolor de cabeza.

Lourdes encontró la estación de Salsoul y la puso bajita. Pasó a contarle algo del trabajo. Yolanda no prestó mucha atención. Por debajo de la voz de Lourdes sonaba la radio y por encima de la voz de su amiga Yolanda veía los letreros de gomeras, jardinerías, polleras, ferreterías, autoparts. Salieron a la avenida por el ramal que le da la vuelta a la Laguna, donde se alzaron urbanizaciones al lado de residenciales, ambos proyectos hechos sobre la tierra movediza del mangle. Pero allí no había hacinamiento, o sí, del otro lado de la Laguna, tal parece que se podía respirar con más tranquilidad. Ésas otras tierras daban a los campos, a las parcelas de donde también llegó gente, allá en los tiempos del hambre, de esa otra hambre más dolorosa pero más concreta, que obligaba a las muchachitas a hacerse mujeres antes de tiempo, a los chamacos a convertirse en cadáveres antes de tiempo, pero que no pasaban por el terreno movedizo de tener que apagar los sueños de vivir mejor, como otra de las instancias del hambre.

El hambre a veces es difícil de encontrarle palabras. O respuestas.

Entonces lo sintió. Jura que lo sintió, piensa Yolanda, ese calambrito de cosa viva que se escurre por la panza sin previo aviso. Esa cosa que asusta por que ocurre de repente. “No me pude haber pasado de las 3 semanas.” Se dijo Yolanda por lo bajo. ¿Habrá contado bien? ¿Podrá ser que lo que lleva adentro esté más vivo de lo que ella calculaba? ¿Que el muchachito ya tenga cola bajándole de la cabecita? ¿Por qué sabe que es muchachito? Lo sabe. Sabe que lo que le nada barriga adentro es varón. Y que ésta tal vez sea su oportunidad, ésa, una, la que no sabe si se merece, de tener cerca a un hombre que sea más, la suma de todos los hombres que le ha puesto la vida por delante. Un hombre dulce, que no duela, el que no dependa del trajín de la calle ni de las batallas contra el hambre para cumplirse.

Ya iban entrando a la Campo Rico. En la luz de enfrente a lo que pronto sería la Cuidad Deportiva, Yolanda encuentra unas palabras.

-Vamos a virar, Lourdes.

La luz está roja. Lourdes mira a su amiga, más bien la contempla, intentando leerla.

-Vamos a virar. Perdona.

-Pendeja. El “perdona” ese te lo ahorras. Por eso nada más, me debes los 10 pesos de la gasolina.