El sabor de la nieve

La mañana del día en que Sara hubiera cumplido veinte años me despertó el llanto de Cornelia. No pude volver a dormirme, pese a que la noche anterior se había vuelto madrugada mientras daba vueltas por el comedor y me sentaba de a ratos para abrir un libro del que no conseguí leer el primer párrafo. Cornelia descansaba y eso me parecía suficiente. La había convencido de que respirara hondo mientras un sedante se deshacía debajo de su lengua. Imaginé que llegaría al mediodía y que solo tendríamos que esforzarnos por sortear la tarde visitando a una pareja de amigos a los que había advertido de que se esforzaran en no nombrar a Sara. Lukas prometió esperarnos con una comedia, bollos suecos y licor. Lukas siempre hacía reír a Cornelia al imitar a un vecino rengo y a un actor español, pronunciando las erres con dificultad. Svetlana sonreía, contagiándome. Aquél apartamento y ellos mismos parecían predestinados a ser uno de esos cuartos a los que siempre, en invierno o en verano, en la mañana o en la tarde, alcanza el sol.

Por la luz que entraba en el dormitorio, estaba seguro de que no eran más de las nueve de la mañana. Cornelia mantenía el llanto débil. Oía el ruido que hacía una y otra vez con la nariz, mientras me vestía y observaba el césped crecido de la plaza. Un perro blanco corría entre los canteros. Un hombre de sombrero sacudía un palo del largo de su brazo hasta que lo soltaba. El palo daba vueltas en el aire. El perro corría bajo su sombra fina.

Cornelia se mordía el puño sentada en el sillón del estar. Había desparramado una decena de fotografías sobre su falda. Arriba de la mesa, dentro del cajón de madera, estaba el resto: media vida del uno para el otro, unas veces con las imágenes hacia nosotros, otras como rectángulos blancos que mostraban la letra delicada de Cornelia, una ciudad lejana, una fecha.

Me detuve a su espalda y apoyé las manos sobre sus hombros. Presioné despacio y repetí el movimiento circular con la punta de los dedos durante un rato. Sabía que el silencio era mejor que lo que pudiera decirle. Cualquier palabra podía derribarla. Un abrazo, abrirla al medio.

Desde la cocina seguí oyendo el rumor. Calenté agua, serví el desayuno y corrí las cortinas. El hombre del sombrero estaba sentado en un banco. El perro se había echado a sus pies.

Cornelia dijo algo que no alcancé a entender. Simulé no escucharla. Junté las fotografías y las dejé caer en la caja. La alejé de la mesa y le pregunté qué tipo de té prefería. «Jazmín», susurró, frotándose los muslos.

Vi que una de las fotografías había quedado debajo de la mesa. Aunque ella tenía la punta de su pie muy cerca, no lo había notado. Pensé que las probabilidades de que fuera una de las fotografías de la infancia de Sara eran altas. Juntarla incluía la obligación de darla vuelta. Fuera la foto que fuera, si aparecía Sara tendría mayor peso que todas las demás. Cornelia hablaría de esa fotografía hasta reanudar el llanto, recordaría cada detalle de una noche en la que fuimos los tres al circo y ella decidió posar junto al elefante. Cornelia iba a sentir el olor del elefante. Y después el de nuestra hija.

Hacía meses que planificábamos un viaje al sur italiano. Conocimos Salerno y Sangineto apenas nos casamos. Era uno de los pocos lugares donde habíamos viajado solos, evocando entonces la rama familiar de cada uno, que tenía en aquellas tierras su punto de partida. En aquel entonces repasábamos únicamente las ramas más altas del árbol familiar. Ahora tratábamos de no detenernos en una ramita apenas florecida que había arrancado una tormenta. Con esa imagen ridícula lo pensaba yo. Cornelia tenía los ojos perdidos y colorados, que resaltaban en medio de su cara blanca, de sus manos pálidas cubiertas de lunares. Ella pensaba las cosas sin vueltas. No tenía fuerza ni ganas de establecer símiles ni figuras poéticas. Hoy, Sara, nuestra hija, muerta en un accidente a miles de kilómetros, estaría cumpliendo veinte años. Y no está. Eso es lo que pensaba Cornelia. También me dolía, pese a haberme puesto, por obligación más que por propia voluntad, en el lugar del que se deja de lado por proteger al otro. Algo que tiene en mi infancia su punto de partida: nadábamos con mi hermano Jorge en la Playa de la Agraciada. No teníamos más de diez años y habíamos escapado de las carpas a la hora de la siesta. Juntamos un par de piedras al borde de los árboles y las tiramos al agua para espantar a las rayas. La terrible idea de salir con los talones cortados conseguía que apenas nos metiéramos al agua intentáramos flotar moviendo los brazos. El barro nos repugnaba, pero mayor era el miedo ante la advertencia de las rayas que esperaban en el fondo del río y que cortaban con su cola afilada las plantas de los pies, los talones, los empeines. Nunca habíamos visto a nadie atacado por una. Eso era lo peor: la imaginación bajo el sol de media tarde. Jorge se alejó de la costa dando brazadas. Lo imité. Hablamos mientras hacíamos círculos con las manos. Juntó agua en la boca y me la escupió en la frente. Se sumergió enseguida y nadó bajo el agua para alejarse. Después de idas y vueltas conseguí atraparlo. Forcejeamos. Le escupí un chorro de agua dentro del oído y gritó. La primera vez que me pidió que lo ayudara no le creí. Le dije que no jugara con esas cosas. Volvió a gritar: «¡Un calambre, un calambre!», y me acerqué despacio sabiendo que en cualquier momento iba a hundirme y en el mismo movimiento apretarme la oreja o golpearme el hombro con su pie. Pero no. Esa vez no. Desapareció, y me sumergí. Los gritos debajo del agua tienen un tono agudo que, sea lo que sea que se dice, acaba por sonar en un idioma desconocido. Logré manotear un brazo o una pierna. Subí a tomar aire y bajé enseguida sintiendo un golpeteo en medio del pecho, en las sienes, como si viniera de afuera, de algún lugar lejano dentro del río. Todo era de un verde amarillento allá abajo.

Encontré a mi hermano y conseguí sacarlo del río. No me preocuparon las rayas mientras lo cargaba bufando hasta la costa. Grité una palabra que no puedo recordar. Primero vino un hombre, después otro. Lo ayudaron. Yo tenía la cabeza metida entre los brazos. Prefería que fuera mía la muerte. Jorge empezó a vomitar el agua mientras lo movían de un lado a otro. Tosía.

 

—Alcanzame una galleta —dijo Cornelia.

—Claro. ¿Le pongo dulce?

—No, así nomás. Por comer algo. ¿Qué pensabas?

—Estaba pensando que podríamos hacer el viaje a Italia en setiembre. Norte y sur: Roma, Nápoles…

—Quiero viajar a Uruguay.

—¿A Uruguay?

—Me gustaría regresar a Montevideo —agregó con un raro tono sueco.

Cornelia nunca había querido volver a Montevideo. Ni siquiera habíamos podido hablar de nuevo de las noticias que llegaban cada tanto desde Uruguay. Ese país sudamericano con el que alguna vez la había seducido —a ambas las seduje con los relatos de mi infancia—, después de la muerte de Sara se había vuelto una papa blanda, hedionda, olvidada en el rincón más oscuro de la cocina.

Le dije que no me parecía una buena idea. Insistí con que mejor habláramos del viaje a Italia y le recordé una cena típica en un fondín de Sangineto donde ambos nos preguntamos si mis abuelos habrían comido en su infancia lo que nos estaban sirviendo o si sería una comida para los turistas preparada con lo que tenían a mano.

Cornelia no quiso recordar. Conseguí que se recostara un rato y le volví a decir que nos esperaban Lukas y Svetlana después del almuerzo. Disolví medio sedante en un vaso de licuado y se lo dejé sobre la mesa de luz. Aunque bebió la mitad, dormitó hasta el mediodía.

Me senté en el comedor y abrí la novela. Di vueltas antes de meterme en la prosa, leyendo la solapa —que había leído antes de comprarlo—, la contratapa y otros títulos de la colección, como un repaso por nombres y maneras de titular sus obras. Recordé la fotografía bajo la mesa, pero, seguro de que tendría tiempo de juntarla antes de que Cornelia despertara, continué leyendo. Leía sin entender. A menudo me sucede eso y vuelvo unas cuántas páginas hacia atrás para poder comprender lo que se me escapó. Me molesta esa actitud, pero la asumo como propia.

Diez o doce fotografías se me aparecieron durante el intento de recapitular. Probablemente, las diez o doce que hubiera intentado salvar en el caso de despertarme una mañana con el agua hasta los tobillos. Cerré el libro y la recogí. Aunque no aparecía Sara en la imagen, cualquiera de los dos podía verla en el cordón de la vereda tapándose el rostro con la cámara.

Viajamos juntos a Uruguay tres veces. La última vez, Sara tenía quince años. Alquilamos un apartamento amueblado en el Parque Rodó, cerca de la Facultad de Ingeniería. Sara y Cornelia caminaban cada mañana entre los árboles. Volvían al mediodía. Yo las esperaba con la comida pronta para que me contaran de los patos que comían galletas junto a las lanchitas a pedal, de los libros que habían encontrado en la biblioteca del Castillo, de cómo habían caminado un centenar de metros en la playa y el mar apenas les llegaba a las rodillas —ellas, como muchos, y aunque les expliqué varias veces cuáles eran sus límites, le decían mar al Río de la Plata—. La tarde en la que Sara retuvo esa imagen merendábamos en el balcón. Faltaban cinco días para volvernos a Estocolmo y ella dijo que debíamos sacar una fotografía del edificio. Cornelia y yo estábamos en la cama, volviendo de una siesta. Nos pidió que fuéramos al balcón. Le pregunté si no quería que arrancara el botiquín del baño y lo llevara también, para poder registrarlo.

—Vas a tener que pagarlo. No es buena idea —me contestó, mitad en sueco, mitad en español.

Bajó los dos pisos a los saltos y la vi aparecer levantando la mano en señal de saludo y comentando algo que no alcancé a oír. Cornelia salió al balcón. Gritó el nombre de Sara.

—¡Sentate, mamá, y hagan como que no me ven! —le respondió ella mirando la pantalla de la cámara.

—Podemos ponernos máscaras —sugirió Cornelia.

«Ett, två, tre», la imaginé contando.

La fotografía que encontré debajo de la mesa es la primera. Volvió a sacarla apenas la niña de la bicicleta —que se interpuso en la toma— se detuvo en el cordón de la vereda, a su lado. Hablaron. Imagino que Andrea le pidió disculpas, pero también que se detuvo para pasar el rato, seducida por la cámara de Sara, por su largo pelo rubio, por la simpatía que nos provocan los que balbucean apenas nuestro idioma. Andrea tenía dos o tres años menos que Sara. Lo dijo cuando se presentó, recostada a una de las sillas de hierro donde apoyó su mochila. Hablaron durante media hora sentadas en el cordón de la vereda. Sara, incluso, le pidió prestada la bicicleta para ir hasta la esquina.

—¡Papá, papá, soy una gaucha! —gritó soltando el manillar.

Cornelia le pidió que tuviera cuidado, y, aunque podría haberlo hecho ella misma, propuso que invitara a la niña a merendar. Subieron las escaleras cargando la bicicleta entre las dos. La dejaron junto a la puerta. Andrea parecía habituada a manejarse con extraños. Nos saludó cordialmente y comió el doble de galletas que Sara, a quien veíamos excitada contándole las características de las escuelas nórdicas, las comidas más comunes, el sabor de la nieve. Andrea habló sobre el primer año de liceo, nombró varios primos y hermanos, asumió su fascinación por los tambores y confesó su deseo de convertirse en bailarina. Sara comentó que apenas terminara el bachillerato se anotaría en la Facultad de Veterinaria.

—Y seré fotógrafa en mis ratos libres.

Nos reímos los cuatro porque fotógrafa fue una palabra que le costó mucho, y tuve que ayudarla separando sílabas.

Esa noche, mientras cenábamos los tres, hablamos de Andrea. Lo hicimos como recuperando algo a lo que no se va a volver.

—Quizás podamos vernos de nuevo antes de subir al avión —dijo Sara—, todavía nos quedan cuatro días.

Cornelia despertó. Respondí la segunda vez que oí mi nombre, sin saber bien qué hacer con la fotografía. Primero pensé en dejarla en la caja, pero no quería que en Cornelia provocara lo mismo: ir armando punto por punto los últimos días de Sara. Así que la doblé en cuatro partes y la guardé en el bolsillo trasero del pantalón mientras me acercaba al dormitorio. Ya no era el de la mañana. Algo me molestaba en la boca del estómago. Dependíamos de Lukas y Svetlana.

Mientras Cornelia se duchaba, dejé una botella de licor de nuez y una caja de chocolates sobre la mesa, junto a las llaves. Entré al dormitorio, me senté en la cama y con un movimiento me quité las pantuflas. Me acordoné los zapatos oyendo el ruido del agua en el baño. Pensé en Andrea. Retuve su cara, un gesto típico de subir y bajar los hombros. Cerré la ventana y oí los pasos de Cornelia. Tenía los ojos delineados y un tono anaranjado en los labios. Se había hecho un rodete que aumentaba el tamaño de sus ojos. Dejó las llaves sobre la cama. No dijo nada esta vez. En Suecia tienen la creencia de que dejar las llaves sobre la mesa trae mala suerte. Cornelia me lo dijo cientos de veces desde que nos conocimos. Sara, incluso, un poco en broma, se sumó a la falange supersticiosa llamándome cada vez que las encontraba sobre la mesa para que yo mismo las sacara. En uno de mis cumpleaños me regalaron una artesanía con dos ganchitos que ellas mismas habían hecho la noche anterior. Consistía en una madera circular a la que habían pegado una lámina con la imagen de Artigas de las monedas de un peso. Uno de los ganchos salía del cuello de Artigas, el otro de su nariz.

—Tuvimos que matarlo a cambio de nuestra buena suerte. Un choque de culturas —dijo Sara cuando me lo entregó, envuelto en papel de diario.

Guardé las llaves en el bolsillo del saco, puse la botella y los chocolates en una bolsa de papel y esperé a Cornelia junto a la puerta. Desde el dormitorio, propuso viajar en el metro. Sostenía que ninguno de los dos tenía claridad para manejar un día así. Sabía que no llevar el Volvo tenías sus ventajas, como poder tomar las copas de licor que hiciera falta. Asentí con la cabeza mientras se acercaba.

Subimos en Kungsträdgården. En diez minutos llegamos a Vreten. Caminamos dos o tres cuadras con los brazos enlazados a la espalda, despacio, hablando apenas. Sentí que demostrábamos tener por lo menos quince años más. Tocamos el timbre. Observé un camión estacionado en el depósito frente a la casa de Lukas. Un autoelevador iba y venía levantando paquetes, con su bocinita metálica.

—¡Bienvenidos, qué gusto verlos! —dijo Svetlana acercándose. Un cachorro negro de la frente al rabo vino dando saltos.

— Buenas tardes. ¿Cómo anda todo? ¿No me digan que tenemos nueva compañía? — preguntó Cornelia. Noté el esfuerzo que hacía por resultar natural.

Pasamos. Me entretuve acariciando al perro.

—Es un spitz nórdico, directo de Laponia —aclaró Svetlana—, lo llamaremos Hjärta. Un compañero de trabajo se lo ofreció a Lukas, y, como nos venía bien una compañía, aquí lo tienen. Mueve la cola, Corazón, mueve la cola…

Atravesamos el jardín. Cornelia y Svetlana se detuvieron delante de cada planta. El perro mordió una pelota de trapo que escondía un cascabel y correteó a mi lado hasta la puerta principal.

—Saluti para tutti —gritó Lukas saliendo de atrás de la puerta y estirando el brazo derecho—. Tenemos el perro y tendremos el circo.

Le puse el paquete junto al pecho y lo envolvió con el brazo que había estirado.

—Lindo cachorro. Felicidades —dije por compromiso.

Esperamos junto a la puerta a que Svetlana y Cornelia regresaran. Mi mujer, con un manojo de tallos que iba a envolver en papel de diario para plantar unos días más tarde en las macetas del balcón.

—Mmm, qué aroma —dijo Cornelia al entrar en la habitación.

—Lukas pensaba hacer bollos, pero lo convencí de que disfrutaríamos más una torta de zanahorias.

—¡Qué delicia! Con Ricardo nos encanta el queso crema.

Se alejaron hacia la cocina. Lukas volvió a hablar del perro. Lo buscó con los ojos en un rincón del cuarto y se sentó en el sofá, a mi lado, para ofrecerme un cigarrillo que acepté. Sentí que buscaba otro tema con el cual entretenerme, consciente de que no conseguiríamos hablar de animales durante mucho tiempo. No es un tema por el que me sienta atraído, y no me molesté en ocultarlo.

—Compré una película. El muchacho de la tienda dice que no hay nada mejor para un domingo en la tarde. Por lo menos para cincuentones. Algo así me dijo. Tuve que reírme mirándome los zapatos.

Me mostró la carátula: una familia colorida en la costa, con sus cañas de pescar y sus valijas de viaje.

—Los Andersson en Grecia —le dijo a Cornelia moviendo la cajita con dos dedos.

Cornelia cabeceó y apoyó en la mesa una fuente con torta de zanahorias y un pote con crema. Svetlana trajo las copas de licor y la botella. Ofreció té y café. Observé al cachorro dormido en el rincón del cuarto. Una bola negra, azulada. Los otros empezaron a servirse, a hablar de unas vacaciones que se habían tomado el verano anterior en la playa de Elafonisi. Apenas los oía. Miraba la bola de pelo negro, el ida y vuelta de su respiración.

—¿Estás bien? —me preguntó Cornelia en un susurro.

—Sí —contesté con ganas—, torta de zanahorias con mucha crema. Café está bien.

Pasamos una hora y media fingiendo reír cuando nuestros amigos reían entusiasmados. Lukas daba carcajadas que más de una vez despertaron al perro. La última consiguió que se levantara y viniera hacia nosotros a olfatear junto a la mesa. Svetlana lo acompañó, pero conteniéndose por nuestra presencia.

Cornelia y Svetlana se conocieron hace unos años en un grupo de terapia de padres que perdieron a sus hijos. Desde entonces, nos hemos visto los cuatro una o dos veces al mes. No hay grandes cosas que nos unan, o bien, solo una, lo que no hace que tengamos gustos en común. Nos tenemos cariño mutuo, más allá de que más de una vez los sentimos fingidos y ridículos. Son cálidos, pese a ser suecos.

Cuando terminó la película, Lukas aplaudió con gusto. Svetlana lo siguió pero golpeando dos o tres veces las manos, y como si hubiera recordado aquello que estaba prohibido recordar esa tarde, nos miró desarmando la sonrisa y apoyando las palmas sobre la falda.

—¿Más café? ¿Licor?

Miré a Cornelia de reojo en el transcurso de la película. Supe que atrás de esa media sonrisa estaba Sara, e incluso que podía verla en el rostro de la hija adolescente de los Andersson. Le agarré la mano y entonces los dos, como si en ese vínculo entre piel, carne y hueso pudiera viajar un sistema de códigos, cantamos en silencio el feliz cumpleaños para la hija que habíamos enterrado a miles de kilómetros, debajo del césped furioso de otras películas, al que habíamos decidido no volver. La imaginé entonces. Vi un muchacho de su edad que pasaba a buscarla en su moto, un muchacho que unas veces era rubio y alto, y otras un inmigrante europeo o un argentino, con quien hubiéramos hablado hasta la noche sobre la Martín García, sobre el Abasto. La imaginé estudiando veterinaria, llenando la casa de ratones, perros y gatos, armando en el jardín una pajarera para que las aves vinieran a comer y pudieran perderse más tarde entre las ramas de los árboles. La vi con el vientre crecido y oí que intentaba decir la palabra abuelo acariciándome el pelo de la nuca. Entonces solté la mano de Cornelia y agarré la copa de licor, y la bebí de un trago, y volví a servirla, respirando hondo, oyendo cómo Lukas comentaba que las playas que ellos habían recorrido en Grecia eran más sugerentes que las que se veían en la película, porque su superior, en skf, le había indicado lugares agrestes, con la condición de que no se los revelara a nadie, para mantenerlos paradisíacos.

Hizo unos gestos con las manos que atrajeron al perro. Después, notando nuestro silencio y con la responsabilidad de llevar la batuta, hizo dos o tres chistes, a los que respondimos por compromiso, y cerró con la imitación de Bardem, trancándose a propósito con las palabras.

Había oscurecido. Bastó que nos miráramos con Cornelia. Nos movimos con pereza en el sillón, y Svetlana, adivinándolo, ofreció la última copa de licor. Le recordó a Cornelia que no olvidara los tallos, y los envolvió en papel de diario.

Salimos los cuatro en silencio. Miramos la luna llena recién asomada, entre los árboles del bosque cercano. Svetlana dijo que no había luna como la de Nazarovo. Lukas abrió el portón principal. Le respondió que eso habría que verlo. Junto a nosotros se encendió la alarma de un autoelevador que continuaba descargando paquetes. Las luces rojas guiñaron en la noche. El perro pasó entre los cuatro como una sombra y corrió dando saltos buscando alcanzarlo. Gruñó. Dos o tres ladridos agudos se unieron a los gritos de Lukas y Svetlana. También eran agudos esos gritos. Corazón, Corazón, gritaban. El autelevador giró en la esquina y el perro desapareció detrás. Lukas empezó a correr pero gritando de manera imperativa. Sentí vergüenza. Sentí un sabor ácido en la boca. Cornelia me miró. Las ramitas que salían de su mano se movieron con el viento. Corrí atrás de Lukas.

—¡Déjenme, no se preocupen, no va a alejarse! —exclamó.

Dejé de correr cuando atravesé la esquina. El perro parecía una pelota negra, rodando a lo lejos. Lukas trotaba levantando la mano. El autoelevador se había detenido. El muchacho parecía no haberse dado cuenta de nada. Me miró quitándose los protectores de las orejas y me dijo buenas noches. Linda luna, le respondí, señalándola entre los árboles.

Alcancé a Lukas. El perro había vuelto a girar y ya no era sencillo ubicarlo.

—¡Hjärta, Hjärta! —repetía.

Caminamos dos cuadras más. Volvimos a girar en la calle del parque y a lo lejos vimos un auto detenido que empezaba a moverse. Encontramos el perro junto a un árbol, en la entrada del bosque, a unos pocos metros de la calle. Tenía las cuatro patas unidas. Estaba arqueado, como si buscara tocarse la cola con la frente. La cabeza reventada sobre el pecho. El hocico deformado como si lo hubieran apretado con una máquina. Parecía de plasticina, un muñeco de masa que el tiempo oscureció.

Lukas se arrodilló a su lado. Gritó tapándose los ojos. Corazón, mi Corazón, mi Corazón. Lo acariciaba recorriendo su cola peluda, las orejas en punta. Apoyé una mano sobre su hombro. Me daban lástima el perro y el hombre.

Una vecina cruzó la calle y nos dio las buenas noches.

—Lo lamento —dijo presentándose—, el auto se detuvo, pero no esperó lo suficiente. Era un Toyota gris. Tenemos perros. Sabemos lo que se siente.

Lukas no le había mirado la cara. Seguía dando vueltas sobre el negro fondo del pelo negro.

—Svetlana, Svetlana —murmuraba cada tanto.

Le pidió una bolsa a la mujer. Enseguida se presentó, le explicó que vivía a unas pocas cuadras. Conteniendo el llanto le habló del perro: Corazón, Corazón.

La mujer cruzó a buscar la bolsa en la que Lukas pensaba llevar envuelto el perro. Pensé en Cornelia. La imaginé, imaginé a las dos mujeres viéndonos llegar con el perro destrozado en los brazos. Le dije a Lukas que iba a dolerles mucho. Propuse que les dijéramos que no habíamos conseguido encontrarlo. Convencerlas de que podía aparecer en cualquier momento era mejor que volver en silencio con el perro a cuestas.

Me miró sin saber qué decir.

La mujer volvió con la bolsa. Lukas envolvió al perro, lo acomodó entre sus brazos y caminamos unos metros. El llanto sonó en las calles desiertas. El llanto de un niño. Lukas se arqueó sobre sí mismo y lo dejó en el pasto. Giró para buscar a la mujer que estaba detenida en el lugar donde la habíamos dejado.

—Una pala, señora, por favor. ¿Tendrá una pala?

Cavamos un pozo superficial junto a un árbol. Cuando Lukas demostró no poder hacerlo, di algunas paladas profundas y le pedí que lo acomodara. Lo cubrí rápido. Quería volver con Cornelia. Podía estar preocupada.

Lukas buscó dos ramas para hacer una cruz. No consiguió con qué unirlas. Al final las acomodó sobre el montículo de tierra. Le dimos la pala a la mujer junto a las gracias.

Murmuró algo que no entendimos.

Regresamos al camino que habíamos hecho para llegar. Lukas estaba más calmado. Los dos sabíamos que ese día no podíamos volver con un perro muerto, con nada que fuéramos a enterrar palada tras palada.

—No lo encontramos —le dije—, siempre queda abierta la puerta para que aparezca. En una semana consiguen otro. Lo van a olvidar.

—Ya no quiero otro —dijo Lukas mirándose las manos ensangrentadas.

Me sacudí la ropa y lo ayudé con el buzo y el bajo de los pantalones.

—¿Tendrás un papel cualquiera? ¿Un trapo? —me preguntó mirando a los costados—. Deberíamos haberle pedido a la mujer.

Me metí las manos en los bolsillos. No pensé en nada. No tenía cómo recordar nada. Saqué la foto del bolsillo de atrás del pantalón. Me quedé mirándola y Lukas la agarró. La pasó de un lado, del otro. El blanco del cartón quedó rosado.

No supo qué hacer con el papel. A lo lejos veíamos la puerta de su casa. Las siluetas de Cornelia y Svetlana que empezaban a agrandarse.