Mal negro es el congo

No mereció menor cuidado en tierra

la insolente osadía con que en los

contornos de Lima insultaban los

caminos unos serviles bárbaros,

negros, que fugitivos de sus amos

habían hecho crecer su tímida

acogida a defendida población de la

especie de aquellas que llaman

comúnmente palenque en estos reinos.

                                                                                                    Pedro Peralta y Barnuevo, 1714

 

He oído que allá en el sur hay una gran rebelión. Topa Amaro, creo, un indio señorón que alza bandera contra el Rey y que quiere que indios y negros le apoyemos porque todos somos peruanos. Quieres irte con él, ¿no es cierto? Créeme a mí que ya soy viejo y no te voy a engañar. Los negros no somos peruanos, eso está bien para los indios. Tú eres terranovo, hijo de terranovo y negra lucumi; tú no tienes tierra ni más historia que la que te dieron tus padres y tu sangre es como la de tus abuelos, que fueron terranovos puros. El indio vive con el español y el español vive del indio, ¡que ellos sean peruanos, pues! Nosotros no somo libres, otra cosa somos …¿Cómo?… Eso dices tú, que no sabes cómo es ser libre. Yo te voy a contar qué se siente, te diré lo que pasó en Huachipa allá por 1712 ó 1713. No importa si no me recuerdo el año, total, no he olvidado ni los rostros ni los nombres.

¿Te acuerdas de ese cerro, negro y pedregoso, rodeado de pantanos, ahí donde se ahogó la Milagritos?, ¿recuerdas las historias de aparecidos que la tía Clara contaba sobre ese sitio? Bueno, ese es el cerro de Huachipa, que era de la hacienda de don Pedro García Mogollón, y yo conocí al fantasma de ese lugar. A veces pienso que ese fantasma no tiene lugar y que me sigue a todas partes.

Seríamos unos ocho hombres que trabajábamos en un campo del fondo de la propiedá. Una noche nos escapamos del galpón con nuestras mujeres y nos escondimos en los pantanos. Había un arara y dos lucumis, el resto éramos terranovos. ¡Ah!, me olvidaba del Vicente Mina, es que los minas son negros callados. Los otros días estuvimos entre las cañas y el barro para que no nos olieran los perros, pero pasaron como tres meses y dejaron de buscarnos. Ahí fue que construimos el palenque.

Ser libre no es fácil, ¿ves? Lo más difícil es conseguirte la comida, pero si los alguaciles te buscan no debes dejarte ver… sales de noche, pues. Algunos negros de la hacienda nos ayudaron dándonos semillas y armas… machetes nomás. Por eso fue que nos hicimos bandoleros. ¡Qué susto se tiraban las señoras de la ciudá cuando asaltábamos las caravanas! Ja, ja, yo me ponía un pañuelo rojo en la cabeza y otro verde sobre el pecho desnudo, agarraba dos machetes y gritaba como loco, el diablo parecía.

En Lima se morían de miedo y nos fuimos haciendo ricos. Es que ya no era sólo el palenque, sino una huerta, con su tomate y su berenjena, algunas cabras y muchos caballos. Bueno, cinco caballos nomás, pero eso era bastante para nosotros. Nuestro Capitán era el Alonso Terranovo y Martín Lucumi su Alférez.

Yo veía cómo el palenque se nos iba quedando chico. De todas partes llegaban negros fugitivos: chalas, minas, minangas, mandingas, lucumis y -por supuesto- terranovos. Al principio me cayeron bien, sobre todo las mujeres, pero cuando comenzaron a llegar mulatos yo casi saco el machete. Es quel Alonso Terranovo los recibía a todititos y los hacía oidores, alcaldes, capitanes y hasta alguaciles. El ya era Mariscal, entonces. Creo que escribano también teníamos y en el palenque nadies sabía leer. Primero creí que jugaba a ser Pedro García Mogollón, pero después me di cuenta que éramos como virreyes, ¿ves? Todo iba bien hasta que llegaron los congos.

No hay peor negro quel congo. Son traidores y tramposos, por eso los usan de caporales en las haciendas, para que nos peguen nomás. A tu abuelo lo mató un congo en el arrozal y le cortó los pulgares, para que su ánima no lo persiguiera y le jalara las patas. Estos eran unos cinco negros y su jefe era Francisco Congo, «Chavelilla» le decían.

Comenzaron trabajando bien, robaban por su cuenta y compartían sólo lo necesario. Pero no me gustaban, había algo en ellos que los hacía distintos, feroces. Algunas veces mi mirada se cruzó con las suyas y no pude resistirlo. Era como la mirada de los negros bozales, los africanos, que parecen fieras y de todo se burlan. Una vez conocí un terranovo africano que se rió cuando le dije que yo también era terranovo. Brutos son, pues.

Yo me di cuenta de cómo el Francisco Congo quería ser más que Capitán, más que Mariscal. Bueno, de poder podía: era fuerte y valiente, valiente como el leopardo (no sé lo ques un leopardo, pero mi abuelo decía queran así), y los otros negros lo respetaban mucho. Su problema era ser congo, pues.

Un día desapareció el Martín Lucumi, nadies volvió a saber dél, pero la negra mina que durmía con el Francisco me contó que lo vio enterrar dos pulgares cerca del río. Al Alonso Terranovo, questaba ocupado en hacer un Tribunal como el del Consulado, no le molestó que se fuera el Martín Lucumi. Si hasta nombró al congo Maestre de Campo.

Pasó el tiempo y ya nadies obedecía a otro que no fuera «Chavelilla». Cuando llegó el rumor de que la Audiencia de Lima había formado un ejército para barrernos, nuestro Mariscal hablaba de hacer una Plaza de Armas paral palenque. Ahí fue cuando el Francisco lo acusó de cobarde y le metió un hachazo entre los ojos. Nadies dijo nada, ni siquiera cuando se colgó los pulgares del finado alrededor del pescuezo.

El día del ataque se acercaba. A mí me nombraron Capitán del Cuerpo de Dragones y recibí la orden de defender la entrada del palenque. Algunos lloraban hablando de cañones y arcabuces, pero no les di importancia. “Nuestros cuchillos están afilados -dije- y hay harta piedra en el cerro. ¿A qué hay que tenerle miedo?”.

Una mañana que hacía mucho calor escuchamos una bulla de caballos, Yo esperé desde mi sitio a que estuvieran más cerca y miré a mis Dragones. Eran cinco: dos chalas y tres minangas. “¡No va a pasar nada! -grité-. Estos españoles se asustan de todo, ya verán cuando me ponga mis trapos. ¡Pónganse los suyos también!”.

Los medí bien, di la señal y saltamos del escondite gritando como los diablos. No sé lo que pasó, no se fueron corriendo, de nada sirvieron ni los pañuelos ni los machetes. Oí una cosa fuerte y sentí una quemazón, después no escuché nada. Creo que me salvé a las justas. Si no me crees, mira mi media oreja, pues.

La batalla fue corta. Más tarde me contaron que los famosos cañones se tiraron el palenque en un abrir y cerrar de ojos. Huyendo de los soldados me escondí entre los matorrales del río. Allí fue donde lo vi, agazapado, quieto, no podía ser otro más quél: Francisco Congo, nuestro Mariscal, Maestre de Campo y último Gobernador del palenque de Huachipa, lloraba su derrota lejos de la vergüenza de su gente.

La sangre se me puso caliente, yo también he sido joven como tú y pensé que no podía quedarse así, pensé en todos los negros que querrían ser libres y que podrían ver en el congo un ejemplo, pensé en los pulgares del Alonso Terranovo que se bamboleaban con el jadeo del asesino, pensé en el Martín Lucumi y en el arrozal donde murió mi padre. En todo eso pensé mientras hacía lo que tenía que hacer. Cuando lo vi tirado me pareció menos grande y hasta me dio risa. Casito le corto los pulgares, pero me arrepentí; quizá si lo hubiera hecho no vendría a verme todas las noches. ¡Qué se va a hacer, pues! Luego lo enterré bajo el lodo y las piedras. Después me entregué.

Cuando volví, todos se preguntaban qué habría sido del Francisco Congo. “¿Habrá huído?” -decían algunos-, y no faltaron los que con el tiempo dijeron que no sólo era libre, sino que ya tenía otro palenque con alcaldes, maestres de campo, regidores y hasta una audiencia de la que él mismo era virrey y presidente. El congo era una celebridá y yo nunca negué esas historias y movía la cabeza como diciendo que sí. Todavía me recuerdo que dije que en medio del humo lo había visto correr encima de los cañones llevándose los pulgares de varios españoles. “¡Como el leopardo!”, dije. Pero sólo mi machete y yo sabemos lo que pasó.

¡Bueno, pues! Ya sabes lo que es ser libre, ¿no? Yo le di la libertá al Francisco Congo a cambio de la mía. El no era peruano, era negro como todos los negros. Por eso lo maté, para que otros negros como tú soñaran con su libertá y porque, bueno… él era congo y yo terranovo.