Aeternus Reditus

Paolo sobre el piso cubierto de tierra de siena. Muerto.

El arma empuñada. Caliente.

La bala que le había quitado la vida, destrozado el rostro y atravesado la cabeza hasta alojarse en el cerebro, hace el camino de vuelta, pasa entre la nariz y el labio superior y vuelve, dando un fogonazo, al cañón del revólver.

Paolo abre los ojos.

Resisto el embate del proyectil mientras se aloja en el tambor del arma. Siento la percusión de la empuñadura y el tacto del gatillo contra el índice.

“nódrep yah oN”, digo.

P. suplica desde el piso: “rovaf rop serapsid on ,oduT ,serapsid oN”.

Lo veo y recuerdo la indigencia y la biblioteca en la que nos refugiábamos del frío, los primeros cigarros, las noches entre cartones en los bajos de subterráneo. Recuerdo tomos de Pitágoras, Nietzsche y San Agustín. Recuerdo un volumen, del que nunca pudimos aprender el griego, en donde vimos escrito άποκατάστασις, el término usado por los antiguos para el retorno, para la vuelta al principio. Leíamos, fumábamos, bebíamos juntos cuando aún era mi hermano querido, antes de la traición, antes de que la ciudad se llenara de deformes.

Nietzsche y los pitagóricos creen en el eterno retorno. Lo que es volverá a ser, como una bendición o como una condena.

Dite volverá a ser la ciudad de antes y volverá a ser Dite, el centro del infierno.

Paolo volverá a ser mi hermano amado y volverá a morir bajo mi mano.

Cada deformidad y cada sombra volverá a ser repetida. Cada momento de rencor, cada traición.

Lo construido ya fue destruido. Lo destruido será levantado de las ruinas.

Paolo se dobla sobre la pierna fracturada y se volverá a doblar. El dolor parece insoportable y volverá a serlo. Grita y gritará, suplica y suplicará cuando el tiempo dé la vuelta y todo se repita.

Otro proyectil franquea el fémur astillado, dejándolo entero a su paso y, al parecer, produciendo alivio a un dolor muy fuerte. Por último vuela, atraviesa el cañón y se instala en tambor del revólver.

“oy iuf on ,oruj ol et ,onamreh , oy iuf oN”.

Dice San Agustín que el mundo no puede repetirse. Que la fe endereza nuestro camino y nos aleja del absurdo ciclo de los impíos. Es cierto que el perdón nos redime de los infiernos circulares, pero no advierte el santo que el alma es siempre capaz de engendrar una nueva miseria.

Mientras miro a mi hermano suplicar, guardo el revólver.

Espero un segundo de arrepentimiento.

No me es concedido.

Saco el arma con decisión: “No fui yo, hermano, te lo juro, no fui yo” lloriquea Paolo desde el piso.

Aprieto el gatillo una vez, apuntando a la pierna derecha, buscando un momento para el perdón que nunca llega.

“No dispares, Tudo, no dispares por favor” fue su última súplica.

“No hay perdón”, dije y apunté a la cara.

Paolo sobre el piso cubierto de tierra de siena. Muerto.

El arma empuñada. Caliente.