La historia familiar cuenta que mi abuela, Ouma[1] Paulina, era una oorlamse kaffir[2]. Una clevah[3].

La versión sobre quién fue Ouma Paulina, como todos la llamamos, depende de a quién se la esté contando mi Pa.

A los africanos que no forman parte de la familia —sus camaradas— les cuenta la historia de ella y la historia olvidada de muchas otras como ella. La historia enterrada de los negros que sufrieron tanto o quizá más que los bóer[4] en los campos de concentración de Horatio Kitchener en Transvaal o en el Estado Libre de Orange.

A los bóer, como su medio hermano Koos y su media hermana Sallie, Pa habla de Ouma Paulina como una persona digna y tan cultivada, o más bien, mejor cultivada que aquellos que se consideran civilizados.  

Una mujer cuyos diarios son aún legibles gracias a su buena caligrafía.

Una mujer borrada de la historia sudafricana a pesar de que, gracias a su trabajo de escritura, hizo algunos de los apuntes que más tarde le sirvieron a Solomon Plaatje como base para escribir su Native Life in South Africa.

Y al círculo más íntimo de la familia, mi Pa, que es historiador, le habla de Ouma Paulina como una clevah de la peor calaña. Una amante de las cosas. 

 

Partida

 

La primera vez que los soldados fueron a la granja de Salomé Kruger, ella estaba escuchando a Karien leer la biblia en voz alta; rezaban por el éxito de la lucha burguesa contra los ingleses.

Estaba cayendo la noche.

—Pero Rut le respondió: “no insistas en que te abandone…”

La hija de Karien, Paulina, y Elsie, hija de esta, habían llegado corriendo con tal terror en sus rostros que el regaño por la interrupción que Karien tenía asomado a los labios murió allí mismo.

—Los ingleses, mamá. Están aquí —soltó Paulina, siempre más comunicativa que su Elsie.

Elsie asintió vigorosamente con la cabeza.

—Siéntense —les dijo Salomé con mayor firmeza de la que pretendía. Luego, más dulcemente, como para calmarlas a ellas tanto como a sí misma: —Quédense. Va a haber que lidiar con esto—. Y volviéndose hacia Karien, dijo: —Vamos—.

Salieron caminando justo cuando los hombres y sus caballos entraban galopando al patio.

El líder dio la orden y los soldados bajaron de sus caballos. Karien y ella miraban desde el jardín conforme algunos uniformados se abrían paso hacia su gallinero y tomaban de él todas las gallinas. Se quedaron atónitas al ver a otros más dispararles a los cerdos y arrojar los cadáveres a una de las carretillas de su propiedad, que se incautaron y amarraron luego a un par de caballos.

Mientras tanto, otros entraban a su granja como si Salomé no estuviera ahí. Fue en ese momento que tanto Karien como ella se sintieron movidas a intervenir y los siguieron. Sus hijas estaban ahí dentro. Salomé se arrepintió de haberles pedido que se quedaran. Apenas entraron vieron a uno de los hombres patear a Paulina mientras gritaba “estúpida kaffir”, en una exhibición de crueldad pura.

Entonces sucedió.

Como una leona a la que quieren quitarle un cachorro, Karien corrió hacia el hombre y dando gritos le arañó la cara. Siempre gritando: —¡Deja a mi bebé, inglés asesino, fokof[5]!

Salomé nunca había oído a Karien alzar la voz, ya no digamos usar lenguaje altisonante. También Karien parecía haberse dado cuenta de lo que había dicho, tan impropio de una dama, tan poco decoroso, pues se llevó una mano ensangrentada a la boca.

El soldado, quizá al advertir la sangre, se enfureció. Le dio una cachetada que terminó por derribarla.

—Maldita kaffir idiota. ¿Quién te crees para tocarme? ¿No te educaron tus blancos?

Salomé tenía ganas de gritar no es ninguna kaffir. Es una oorlamse. Pero las palabras murieron en su garganta.

Fascinada de horror, observó al hombre convertido en bestia desabrocharse el cinturón mientras Karien daba alaridos. El ruido de los demás hombres saqueando su casa le pareció secundario respecto a la abominación infligida en la oorlamse de su madre, que había sido como su hija antes de que Salomé naciera. El pasmo la mantenía congelada. No fue sino hasta que el hombre se subía de nuevo el cierre del pantalón que sus miembros recuperaron la energía y corrió y lo empujó, sin éxito. El hombre la empujó a su vez y la hizo tropezar con la biblia. Por Dios. ¿A ella también? No iba a…

El hombre vio el miedo en sus ojos y le dirigió una mirada lasciva. Luego sacó la pistola, se volvió hacia Karien y le disparó.

Fue la despreocupación con que hizo todo.

La poca consideración que parecía tener por la vida humana.

Y sus ojos sin alma, lo que le convirtieron la sangre en hielo.

Entonces Salomé dio un grito. Al mismo tiempo, vio a su hija Elsie aferrarse a Paulinita, y ambas temblaban y sollozaban del otro lado de la habitación.

¿Por qué, Dios mío? Que una niña tuviera que atestiguar una violencia tal infligida a quien fuera era ya bastante, pero aún peor tratándose de su madre…

Luego, los ingleses, no conformes con el horror al que uno de ellos había sometido a Karien, se volvieron locos. Quizá fuera el disparo lo que despertó su sed de sangre.

Sacaron las sábanas y la ropa en las habitaciones.

Rompieron su vajilla en la cocina.

Aunque con trabajo, lograron arrastrar hacia afuera gabinetes y armarios.

Antigüedades regalo de sus padres cuando se fueron a la Colonia del Cabo.

Todo lo que no rompieron lo echaron fuera.

Cada esfuerzo por detenerlos acababa en un empujón para quitarla del camino, y dos veces le valieron un klaap[6]. Al final permaneció indefensa como las niñas, viendo cómo ellos hacían una enorme pila con sus pertenencias afuera de la casa y le prendían fuego.

En los ojos de cada uno de ellos había un exasperante destello de crueldad.

A lo lejos, la miró. La pobrecita Paulina. Pobre, pobre niña.

Recordó haberse preguntado qué le diría a Adam, el marido de Karien; qué le diría al hombre que se había ofrecido generosamente a llevar su ganado a sus tierras de pastoreo cuando supo que los ingleses estaban cerca. Se preguntó para sí cómo le diría que su hija había quedado huérfana y que él era viudo ahora. ¿No es acaso, para un marido africano, tan poco natural enterrar a su esposa como lo es para los padres enterrar a sus hijos? ¿Quién acusaría al cónyuge sobreviviente de brujería en tal caso? ¿Dónde quedaba Dios?

Cuando Adam llegó con los niños para llevar el ganado al kraal[7], vio reflejada en su rostro la tristeza de la devastación causada por la vileza de los ingleses. El fuego aún ardía y Salomé había tratado de salvar lo que pudiera, pero con poca suerte.

No tenía idea de lo que le había sucedido a Karien.

Así que, cuando ella le dirigió una mirada llena de lástima y se lo dijo apenas había desmontado al caballo, él la miró confundido y dijo:

Ek veerstaan nie[8]

Tampoco ella comprendía.

No comprendía cómo un ser humano podía violar arbitrariamente a otro ser humano y después dispararle. ¿Podía meterse a esos hombres en la categoría de seres humanos?

Eran menos que animales. Eran la kak[9] al fondo de una letrina de siglos.

Se dolía por él, por sí misma, por los hijos de él y por la pérdida que compartían.

Repitió despacio lo sucedido, omitiendo la deshonrosa violación de Karien a manos del hombre aquel. ¿Qué importaba? El final había sido la muerte. No hacía falta que supiera más.

Antes de que Adam llegara, ella había limpiado a Karien y tratado de darle a su cuerpo muerto algo de la dignidad que había tenido en vida. No podía, mientras limpiaba la sangre entre las piernas de Karien, dejar de recordar que había sido precisamente esa mujer la que había hablado con ella, la que la había ayudado a lavarse y a despejar sus miedos el día en que vio sangre salir de ahí abajo y pensó que se estaba muriendo. Había sido Karien también la que le había enseñado a cortar tiras de tela para que las usara durante esos días del mes. Hasta que se casó con Adam en la iglesia, Karien solía ir con ella al río para lavar los paños. Su momento de chicas privado. Una oorlamse pero también, de muchas formas, su única hermana. Se habían mantenido cerca incluso después de la boda de Karien, pues esta la visitaba con regularidad y leían juntas la biblia igual que lo estaban haciendo ese día.

Cuando llegaron los ingleses, Karien estaba leyendo Rut 1:16, uno de sus pasajes favoritos.

Pero Rut le respondió: “no insistas en que te abandone y me vuelva, porque yo iré adonde tú vayas y viviré donde tú vivas. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”.

En retrospectiva, aunque Salomé era la menor de las dos, Karien había sido su Rut y ella una Naomi. Salvo porque Karien se había retirado a la muerte antes que Salomé.

Y, aunque había sido ella quien recibiera la granja cuando sus padres partieron a la Colonia del Cabo, era casa suya tanto como de Karien. Era como familia para todos ellos. O mejor. Era familia.

A Adam le había dicho, pues:

—La enterraremos aquí en el huerto, bajo el naranjo.

Hizo una pausa y con una mirada tan distante como la voz, añadió:

—Ella plantó el naranjo.

Y Adam no parecía tener fuerzas suficientes para disentir.

Y más tarde, mucho después de haber sepultado a Karien, cuando Salomé insistió en que Paulina se quedara ahí, Adam no lo discutió. Ahora solo, con cinco hijos varones mayores que Paulina, probablemente no habría sabido qué hacer con una niña de ocho años.

Fue Adam quien les dio a ella y a los niños más sábanas, toda la ropa de Karien y su máquina de coser. Utilizó algunas de las prendas para coser otras nuevas para los niños, y guardó algunas para sí.

Eso había sucedido hacía meses.

Se había negado a dejar que la violación y la muerte de Karien la doblegaran, a pesar de la devastación y la desesperanza que había sentido en ese momento.

Cuando los vecinos de las granjas cercanas se rindieron a los ingleses y fueron llevados a los campos, Salomé Kruger se quedó.

Rendirse y marcharse desafiaba todo en lo que creía.

Su Marthinus y su hermano Hermanus estaban allá afuera, luchando en algún lugar, y sentía que tenían que saber que ahí estaba su casa y su hogar.

Un lugar por el cual seguir luchando.

Si ella se daba por vencida, temía, él lo haría también y entonces ¿adónde irían?

Sabía que los hombres son débiles y necesitan la fuerza del género femenino y la fe del volk[10] para mantenerse en la lucha.

Muchos burgueses se habían rendido ya, pero ella no sería uno de ellos.

Tantos años antes, su ouma  y su oupa[11] habían caminado hasta este territorio en el que se encontraba y habían recibido ese pedazo de tierra como un regalo de parte de Adam Kok, jefe de los griqua[12].

Antes de la fundación de la República del Estado Libre de Orange, esta tierra pertenecía a su familia.

Había pertenecido a su familia desde el nacimiento de la República hasta su aparente decadencia.

Pero ella había vivido en la esperanza de que la República Bóer del Estado Libre de Orange sería nuevamente de ellos. Estaba decidida a no darles a esos malditos ingleses la satisfacción de poseer o mandar sobre aquello que le pertenecía a su familia.

Y sin embargo la noche anterior, seis meses después de la muerte de Karien y en mitad de la noche, Marthinus había venido y había tocado a su ventana. Desde que se habían ido para unirse a los demás burgueses en la lucha, Salomé siempre dejaba un plato para él y para Hermanus, regresaran o no. La noche anterior, Marthinus había regresado. Desde aquella ocasión, seis meses antes, en que los soldados ingleses habían roto y quemado sin ningún sentido su cama junto con otros muebles, no se había molestado en conseguir una nueva. En tiempos de guerra, le parecía un lujo del que podían prescindir. Se despertó y fue a abrir la puerta del frente, cuidándose de no despertar a los niños, que dormían con ella en el suelo de la habitación.

Apagó una fogata en medio de la casa y luego calentó agua para que él se bañara. Mientras se bañaba, recalentó la comida que, de no haber llego él, habría sido el almuerzo de los niños al día siguiente. Lo miraba mientras comía, ya limpio. Había perdido peso, lo cual sin embargo le arreciaba las facciones. Le habría gustado verlo como lucía antes de perderse entre la maleza. Antes de tener esa abundante barba. No entendía por qué no se había rasurado mientras se bañaba. Le había puesto la navaja de afeitar a la mano. Pero no debía quejarse. Él estaba ahí, con ella. Era más de lo que tenían muchas otras mujeres del volk cuyos hijos y maridos habían muerto en la lucha por estas tierras.

Entonces se pusieron a hablar, y lo que él dijo la tomó por sorpresa.

—Hermanus ha estado enfermo —comenzó—. Necesita volver a casa.

—¿Qué pasó? —preguntó ella, tratando de sonar tranquila pero con el corazón latiendo con rapidez.

—Hace un mes, durante el asalto en un pueblo kaffir, teníamos hambre, y le quitó a una kaffir del lugar el único gallo que le quedaba.

—¿Y luego? —interrumpió ella.

—Déjame terminar —dijo él, sacudiendo la mano derecha—. Tomó su último gallo, y ella lo maldijo. Uno de los kaffirs que iban con nosotros se negó a comer del gallo. Sonaba asustado. Así que nos asustamos todos, obviamente.

Según parecía, a todos los demás les repelía aquel gallo y habían preferido comer otra cosa, con excepción de Hermanus, que los tildó de mujeres. Había preparado el gallo en barbacoa[13] en una fogata al aire libre apenas volvieron al campamento, y se había comido cada trozo, saboreando cada bocado. Sus problemas comenzaron una hora después.

—¿Qué pasó?

Esta vez ignoró su interrupción.

Se lo dijo.

—Cada hora en punto el gallo canta desde su estómago. No puede evitarlo. Intentamos volver al pueblo y pedir a la mujer que lo detuviera, pero había muerto el mismo día que llegamos. Entonces el general nos dice que Hermanus tiene que irse, pues con el canto del gallo los ingleses nos encontrarían sin duda —concluyó Marthinus.

Salomé asintió.

—Y cuando llegue —añadió entonces él—, tienes que ir con él y con los niños a rendirte a los ingleses.

—¿Por qué? ¿Por qué tengo que irme si esta es nuestra casa? —dijo con las lágrimas asomadas a la voz.

—Porque estamos gastando más recursos, Salomé, tratando de mantenerte a ti y a otras mujeres y niños que se niegan a ir a un lugar más seguro. No podemos hacer avanzar el ataque porque tenemos que permanecer cerca de las granjas en caso de que ellos vuelvan. Además, mira lo que hicieron ya con este lugar. Si regresan, puede que tú no corras con la misma suerte de la última vez —respondió con suavidad.

—¿Y si los niños y yo vamos contigo? Nos llevaremos al ganado. Yo puedo cocinar. No podemos quedarnos y no vamos a quedarnos en los campos impuestos por los ingleses.

—Ahora sí estás poniendo a prueba mi paciencia, mujer. Lo digo en serio…

Marthinus nunca le había pegado pero ahora parecía como si estuviera a punto de darle un golpe, así que bajó la mirada.

En ese momento, algo en ella murió.

Algo de su amor por Marthinus murió.

Lo había escuchado en su voz y lo supo entonces. La sugerencia de abandonar la casa para ir a los campos significaba que él también estaba a poco de darse por vencido.

Este no era el hombre valiente que le había prometido morir deteniendo las balas inglesas, cuando era ella quien no quería que se fuera.

Pero ¿qué podía hacer? Quizá él tenía razón. Ya no era seguro ahí. Los ingleses podrían volver y quién sabe qué le harían esta vez.

Marthinus trató de calmarla.

—Velo así, mi skattebol[14]

No la había llamado mi skattebol desde antes de que nacieran los niños.

—Velo así… Cuando llegues allá con Hermanus, asumirán que es tu marido, y él podrá obtener información desde el interior.

No estaba convencida, pero se resignó.

Al despertar la mañana siguiente, juntó a los niños y les pidió empacar lo esencial.

—Pero, mamá… —había tratado de objetar Thenius, el segundo en edad. Siempre cuestionaba las cosas más que su hermano.

—Haz lo que se te está diciendo, Thenius. Y tú también, Piet —respondió con una voz que no admitía objeción.

Hermanus llegó mientras empacaban y, por un breve momento, los niños hicieron una pausa para saludar a su tío. Salomé notó que este se estremecía cada vez que Paulina se le acercaba. ¿Acaso le recordaba a la mujer que lo había maldicho?

Paulina empacó todo con diligencia, doblando su ropa en silencio. Tras la muerte de su madre, parecía haber cambiado papeles con Elsie. Ahora ella era callada mientras que Elsie platicaba hasta quedarse dormida, como si el silencio la asustara. Si hablaba, Paulinita lo hacía con monosílabos, aunque por el contrario escribía bastante en pedazos de papel que encontraba. Salomé había intentado, una vez, ver qué era lo que había escrito en cualquiera de esos papeles sueltos. No eran frases, sino nada más palabras.

Palabras que habrían parecido azarosas si no se conocía lo que ella había visto.

Tarer.

Blod.

Dod.[15]

Lágrimas. Sangre. Muerte.

Caligrafía demasiado elegante para alguien tan joven.

Palabras que desgarran.

Entre las pocas pertenencias que empacaba ahora, Paulinita doblaba con cuidado algunos de esos papeles sueltos. A Salomé se le rompía el corazón. Pocrecita.

Hermanus, Piet y Thenius llevaron el equipaje listo a la carreta tirada por bueyes. Las cobijas. El biltong[16]. La poca harina que les quedaba. Salomé dejó a los niños con su tío por un momento para regresar a su habitación. Tomó tres bolsitas que los ingleses no habían advertido. Luego se dirigió al huerto y se arrodilló en la tumba de Karien, como si estuviera hablándole cuando, en realidad, estaba enterrando las bolsitas en un agujero que había cavado más temprano. Esperaba que ahí se mantuvieran seguras.

Cuando la carreta se abrió camino hacia la puerta principal con ella en las riendas mientras Hermanus, Thenius y Piet conducían al Ganado, Salomé miró hacia el huerto una vez más.

Karien había cuidado de ella cuando era una niña. Cuidaría igual de las bolsitas.

Y un día, cuando la República fuera libre otra vez, vendría a recuperarlas.

Por el momento, partiría con Hermanus y los niños a los campos, como Marthinus había instruido. Ahora entendía el tamaño de la distracción que el estómgado de Hermanus representaba para la lucha burguesa. Eran ya cuatro las veces que había cantado y el sonido era lo suficientemente fuerte para despertar a todo un pueblo.

En silencio, se despidió de la granja.

Este era su hogar, pero era también un lugar de lágrimas, sangre, muerte.

Quizá lejos de ahí, su Paulinita hablaría un poco más. Y la pequeña Elsie hablaría un poco menos.

Y también quizá, lejos de casa, Hermanus haría su espionaje y conseguiría la información necesaria para vencer a los ingleses.

 

Traducción: Adrián Chávez

[1] Del afrikáans, “abuela”. (N. del T.; todas las notas subsecuentes son también del traductor.)

[2] Kaffir, originalmente del árabe “hereje” o “infiel”, llegado a África por vía del portugués cafre y de nuevo pronunciado kaffir en su variante anglo-neerlandesa, constituyó el peor insulto para referirse a los miembros de la población negra en Sudáfrica. Oorlamse (del malayo de influencia portuguesa orlamze, “astuto, inteligente”), se refiere a la población negra “cultivada” —es decir, que ha asimilado la cultura de los colonizadores— o, por ende, a la población negra de habla neerlandesa.

[3] Forma vulgar del inglés clever, “astuto” o “inteligente”, en referencia de nuevo a las y los negros educados en la cultura de los colonizadores.

[4] Sudafricanos descendientes de los colonos neerlandeses.

[5] Transliteración del inglés “fuck off” en afrikáans; significa igualmente “vete a la mierda”.

[6] Del neerlandés, “golpe”.

[7] Del neerlandés “corral”.

[8] Del afrikaans, “no entiendo” o “no comprendo”.

[9] Del afrikaans, “mierda”.

[10] El pueblo.

[11] Del afrikáans, “abuelo”.

[12] Los griqua son un grupo sudafricano multirracial nacido del mestizaje en la Colonia del Cabo.

[13]He braai’d the cock”, dice el original. “Braai” es una palabra del afrikaans que significa “asado” o “barbacoa”.

[14] Del afrikaans. Aunque literalmente significa “novio”, “novia”, se usa para referirse a la propia pareja de forma afectuosa.

[15] Variaciones de tears, blood y dead, respectivamente.

[16] Tipo de carne seca preparada originaria de la cocina sudafricana, elaborada con diversos tipos de carne.

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